rosafermu

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jueves, 30 de octubre de 2014

Miranorte - Capítulo 9º / La gran decisión


El tiempo seguía detenido en el transcurrir de Miranorte.  Nada lo había alterado durante el tiempo que estuvo ausente.  Llegó al bar, y en el local, las mismas personas de siempre: Un Juan aburrido tras el mostrador, y un par de mesas ocupadas por los paisanos que jugaban a cartas, unos,  y al dominó otros.  Echó un vistazo y saludó con la mano a los lugareños, que cariñosamente la contestaron.

- ¡ Vaya, ya estás de regreso ! Muy pronto ¿ no ? - la preguntó Juan, medio adormilado de puro aburrimiento
- No. Te dije que sólo me iba por diez días.  Ayer llegué a Madrid y hoy ya estoy aquí, nuevamente.
Quiero hablar contigo, Juan
- Pues tu dirás- la respondió
- Verás...  Te agradeceré siempre el favor que me hiciste con el coche, pero... el haber estado estos días en Nueva York, y después en mi casa, en Madrid, me han hecho reflexionar sobre mi vida, y creo que debo regresar a la vorágine de la ciudad.  Se que echaré de menos esta paz que aquí se respira, pero creo que ha llegado el momento de hacer algo con mi vida, y para ello he de regresar a Madrid, y después no se si me quedaré o marcharé a otro país. Se que ese no fue el trato, y que debía cumplirlo hasta el final, pero espero me comprendas y me perdones
- Alba... ¿ cuántas veces te he dicho que debieras irte de Miranorte?  Aquí está todo hecho.  No quedamos más que cuatro gatos.  No hay futuro para ti.  Haces bien, es todo lo que te puedo decir.
¿ Cuando piensas irte?
- No tardando.  Si espero algo más, creo que me arrepentiré de mi decisión, y entonces no me iría.  Os echaré de menos a todos vosotros, a mis amigas del alma, que tanto bien me han hecho durante todo el tiempo, a Mila, a ti... a todos..., a todos.

   Sin poder contener su emoción, ocultó la cara entre sus manos para que nadie viera que estaba llorando.

- ¡ Eh, niña ! Alégrate.  Haces lo correcto.  Aquí no tienes nada que hacer, créeme

Juan ( dueño del bar )
´Más tranquila tomó el café que Juan había preparado para ella, y tuvieron una charla entre amigos, que fue alterada por la llegada de los operarios del rodaje que llegaban, como cada noche,  para cenar

- ¿ Vienen  a diario ? - le preguntó curiosa
- Si.  Vienen a comer y a cenar.  Están aburridos como ostras.  No creo que tarde mucho en llegar el resto.  Creo que llegarán por  Año Nuevo, dos o tres días después

Alba  guardó silencio, y al cabo de un rato se despidió de Juan y salió, saludando a su paso a los obreros del rodaje.  Se encaminó lentamente hasta el domicilio de Alberto, en donde tenía la consulta médica.  Miró el reloj y vio,  que  por la hora,  debía haber terminado las visitas.  Delante de la puerta , dudó por un momento en llamar.  No sabía si debía hablar con él, después de la violenta discusión que habían tenido la última vez que se vieron.  Pero,  pese a todo, creía debía despedirse de él.  Era su amigo, y muy posiblemente no se volverían a ver.  Se decidió y,  alzando el llamador de metal, espero a que Alberto, franqueara su puerta.   La recibió con sorpresa, no la esperaba- . Se besaron en la mejilla como tenían por costumbre, y la hizo pasar hasta el saloncito de la televisión.

- Pasa, aquí hace calorcito. ¿ Quieres tomar algo?
- No, gracias Alberto.  Juan me acaba de invitar a un café
- Y bien, dime ¿ estás bien ? ¿ necesitas mis servicios?
- No, gracias. Estoy perfectamente de salud. Verás...  he venido a despedirme...  regreso a Madrid, aunque no sé si me quedaré allí o iré a cualquier otro lugar en el extranjero.  No sé qué haré- él guardó silencio por un momento, y al fin dijo:
- La verdad..., no me lo esperaba.  Me había acostumbrado a tu presencia, aunque desde hace algún tiempo no quieras nada conmigo.  Te echaré mucho de menos, pero creo que haces bien.  Aquí no hay panorama.  Me has dado una sorpresa, y he de decirte que lo siento, pero comprendo que haces lo correcto.  Yo haré lo mismo en cuanto tenga oportunidad.



 La decepción de Alberto era visible a simple vista, y  no pasó desapercibida para Alba.  Conocía los sentimientos del médico hacia ella, pero no estuvo nunca enamorada de él, y aunque se lo hizo notar desde el principio, no se dio por vencido.  Durante unos minutos, guardaron silencio. Alberto la miraba fijamente sin decir nada, pero sus ojos expresaban la decepción que sentía por la partida de ella.  La frialdad entre ellos podía cortarse, y al cabo de un rato Alba decidió que debía marcharse para no crear más violencia.

- Creo que debo marcharme.  Tengo infinidad de cosas que hacer. 
- Siento que te marches, tu sabes porqué.  En el fondo siempre albergué la esperanza de que llegáramos a algo..., pero no puede ser , y aunque lo siento, me alegro por ti si es lo que quieres, si esa decisión te hace feliz.  Si necesitas volver, por el motivo que sea, aquí estaré.  Lo sabes ¿ verdad ?
-Si Alberto, lo sé

Alberto depositó un suave beso en los labios de ella y Alba le correspondió con otro en la mejilla.  La emocionaba la comprensión de él.  Sabía que contaba con su lealtad, pero también sabía que quizá nunca volverian a verse, porque entre sus pensamientos no estaba el regresar a Miranorte.  Confiaba en que las cosas la fueran bien, encontrara un trabajo, a poder ser en la enseñanza, pero no descartaba cualquier otro empleo.  Sabía que al vivir en un país extranjero, no todo sería igual que en casa, pero había tomado esa decisión y se aclimataría a lo que surgiera.

Se giró para decir adiós a Alberto que la despedía a la puerta de su casa, viéndola cómo se alejaba de allí y,  de su vida definitivamente.  Aunque triste, le confortaba la idea de haber hecho las paces con ella.  Quería guardar un grato recuerdo de su amistad, aunque no pudo lograr el amor de ella.

Después fue a despedirse de sus amigas.  Aunque sea   duro el hacerlo, era su deber.  Había contado con la lealtad de ellas, con su compañía y con su amistad en las horas bajas de su depresión.  Debía decirlas adiós, aunque mientras viviera en Madrid, contaba con la posibilidad de verse, aún  de tarde en tarde.  Como imaginó,  la despedida fue triste, muy triste.  Las amigas abrazadas, trataban de ocultar el llanto para no desanimar a Alba, aunque ella también hacía esfuerzos por sonreír, ocultando de esta forma su inmensa tristeza por tener que dejarlas.

Al llegar a casa, descolgó el teléfono y trato de conectar con Mila.  Al serle imposible, la dejó un mensaje en el buzón de voz:

" Regreso a Madrid.  No he podido hablar con vosotros.  Te llamaré desde allí.  Espero lo estéis pasando genial.  Un abrazo.  Hasta pronto"- y al colgar, despacio, repasó brevemente su vida con aquella entrañable mujer que había sido toda su familia desde que llegó a Miranorte.

Milagros
Era noche cerrada aún, cuando Alba salió de la cama y procedió a ducharse, y arreglarse para el largo viaje que la aguardaba.  Hacía frio y buscó una ropa que la abrigara, pero que al mismo tiempo le fuese cómoda de llevar.  Dio un último recorrido por la casa y aguardó a que el taxi que había concertado el día anterior llegase a recogerla.  Se había acostado muy tarde, hasta dejar recogidas todas sus pertenencias, y sonrió al comprobar que todo lo vivido allí, cabía en una caja de cartón, en un embalaje.  La ropa la había guardado en un baúl y en la maleta que llevaría a mano.  Y que la agencia contratada pasaría a recoger y trasladarlas a su casa de Madrid.  Había concertado con Juan  que él se encargaría de entregar al transportista los bultos que dejase  en la casa.

Echó una última mirada al entorno antes de entrar en el taxi que la llevaría hasta Las Mimosas, y allí tomaría el autocar que la conduciría hasta León, para más tarde tomar otro autocar o el tren que la dejara en Madrid.  Pensó que si se la hiciese tarde, haría noche en León y al día siguiente proseguiría su viaje hacia Madrid.

Ya en el taxi, giró su cabeza  para dar el último adiós a la casa que había sido su hogar.  Observó el paisaje con nostalgia y cariño, esbozando una ligera sonrisa. Decía adiós a una etapa serena de su vida. A lo que la había llevado hasta Miranorte después de la muerte de su madre.  Y ahora se encontraba camino de otra incógnita, quizá más incierta que la anterior por tener que alejarse del que era su país, para buscarse la vida,  en otro lugar,  extraño,  totalmente para ella . Coronaban la cuesta y desde lo alto, pudo ver las instalaciones del set de rodaje.  Allí había comenzado todo.  Algo que había cambiado su día a día.  No pudo evitar que los ojos se la llenasen de lágrimas, recordando el primer día que conoció a Paul y a su memoria acudió la imagen del actor firmando una fotografía  "a la chica del hamon".  En su bolso, en su monedero, llevaba aquella fotografía, y suavemente pasó la mano por la piel de esa prenda.





Llegó muy fatigada y cuando entró nuevamente en su casa, no la fue tan duro como hacía unos días. Estaba hecha a la idea, aunque un nudo en la garganta amenazaba con llegar hasta sus ojos.  Lentamente se quitó el abrigo y los zapatos.  La dolían tremendamente los pies, que se le habían hinchado por tantos horas de quietud.  Se tumbó en la cama mirando al techo, y planificando lo que debía hacer al siguiente día.  No tenía prisa.  Igual daba uno o dos días.  Debía pensar detenidamente lo que tenía que hacer.  Poco a poco, sus párpados se fueron entornando hasta caer en un profundo sueño.  Se despertó sobresalta y con frio.  Se había dormido sin taparse, y la baja temperatura del piso hizo que su sueño se viera interrumpido.  Era tarde, se incorporó y comprobó que en el frigorífico sólo había un paquete de leche, que había dejado en su visita anterior.  Calentó en el microondas un vaso.  Al menos tomaría algo que la hiciera entrar en calor.  Se sentó en el saloncito mientras calentaba sus manos en el vaso con la leche caliente.  Cogió una ligera mantita que tenía para taparse las rodillas mientras veia la televisión.  Era la manta que utilizaba su madre y que reposaba en el brazo de su sillón preferido.

Acarició con su mejilla la suave lana de la prenda, y simplemente dijo

- Mamá, mamá....  ayúdame.  Tú sabes el por qué de todo esto. Se que me comprenderías y me aconsejarías lo qué hacer.  Ayúdame, ayúdame.

Hundió el rostro en la manta y lloró durante un rato, hasta quedarse dormida

Una musiquita del teléfono móvil, la hizo revolverse en la cama

- ¿ Si ?
- ¿ Dónde demonios estás ?- la respondió una voz alterada
-¿ Quién eres ?
- ¡Cómo que quién soy!  Es muy tarde y aún no has llegado
- ¿ Paul...  Paul ?
- Si. Soy yo. Contesta ¿ dónde estás ?  Llevo una eternidad en la puerta de tu casa y aún no has aparecido
-Pues ¿ dónde voy a estar en mi casa ?
- No, no es cierto... Ni siquiera hay luces en las ventanas
- ¿ Estás en Miranorte ?
- ¡ Claro ! ¿ Dónde estás ?
- Estoy en Madrid...  en mi casa
- ¿ En Madrid ? ¿ Y qué haces en Madrid ?
- Oye no tengo que darte explicaciones sobre lo que hago ó dejo de hacer- le respondió disimulando una sonrisa
- He adelantado mi regreso a España, para estar contigo estos días, y resulta que te has marchado.  Creo que si me tienes que dar una explicación
- ¿ Cómo iba yo a saber que ibas a regresar antes de tiempo...  y por qué ? No creo seas una hermanita de la caridad. ¿ Acaso te doy lástima?
- Claro que no... pero pensaba que estarías allí...  Está bien...  saldré para Madrid
- Ni se te ocurra.  Sería inútil...  Me voy a Londres
- ¿ A Londres ? ¿ Qué demonios vas hacer en  Londres?
- No tengo porqué decírtelo.   No entiendo lo que pretendes ¿ A  qué viene todo esto ?
- Te lo explicaré cuando llegue. De momento suspende el viaje.  Después ya veremos.
- Te repito que me voy
- Y yo te pido que esperes, por favor.  Tenemos que hablar, y es algo importante

Se despertó de golpe, cuando aún mantenía en su memoria los últimos instantes del sueño.

- ¡ Oh no !- exclamó al comprobar que todo había sido objeto de su imaginación. Un sueño, eso es lo que había tenido.  Se tapó la cara con las manos y muy bajito., comenzó a sollozar

-¿ Por qué me tiene que pasar esto? ¿ Es que no voy a tener tranquilidad ni cuando duermo?  Seguro que él ni siquiera se acuerda de nadie.  Estará pasándolo estupendamente con su familia y sus amiguitas.  Ni a miles de kilómetros me deja en paz. Tengo que poner remedio a esto cuanto antes, de lo contrario me volveré loca.., , más de lo que estoy.



Se levantó del sillón, miró su reloj y comprobó que era muy temprano.  A pesar de ello, decidió salir a  tomar un poco de aire que calmara sus inquietudes. Lentamente se aseó,  se arregló y salió a la calle.  Todo estaba en silencio.  Era muy pronto y aún el movimiento normal de  cada día, no se había iniciado.

- ¡ Qué demonios hago en la calle a estas horas ! - Miró el reloj y comprobó que faltaban unos minutos para que fuesen las ocho de la mañana.  Era domingo, con lo cual la mayoría de los comercios estaban cerrados. A excepción de los bares , cafeterías y los de alimentación.  Buscó un bar y  entró a desayunar. Se sentó en una mesa y tranquilamente degustó un chocolate con churros.  Necesitaba calentar el interior de su cuerpo, y no por el frio existente en la calle, sino porque el frio que sentía, era  debido a su atormentador sueño

- Si al menos hubiera sido verdad..., aunque sólo hubiera ocurrido la llamada...  Debo no pensar en ello, sino estaré todo el día con la tristeza al hombro, y hoy es el último día del año.  Llamaré a mis amigas para desearlas felicidades y compraré algo de cena para mí.  Algo que no tenga que guisar, no tengo ganas de hacerlo.  Con un bocadillo estaré lista. Mañana es fiesta, así que hasta pasado no podré arreglar lo de mi billete. Mi billete... y... ¿ dónde voy?  Londres está relativamente cerca y hay muchos españoles.. y... ¿ qué más da ?  Nadie me conoce allí.  Tendrás que apañártelas tu solita- se repetía mientras giraba la cucharilla dentro de la taza del humeante chocolate. 

No quería pensar más en el viaje.  Siempre volvía al mismo punto de partida, y estaba harta.





Transcurrido un tiempo, pagó la cuenta y salió nuevamente.  Un tibio sol invernal comenzaba a asomarse por los tejados de las casas. Elevó su rostro hacia el cielo.  Deseaba recibir el ligero calor de los primeros rayos de sol, y lentamente comenzó a pasear sin rumbo fijo, con la única compañía de sus propios pensamientos.

jueves, 16 de octubre de 2014

Miranorte - Capítulo 8º - I love New York

Y pasaron los días.  La fecha de la boda de Milagros y José Luis estaba cercana, y su viaje a EEUU, también.  Se iría al día siguiente del enlace de sus amigos. Tenía que regresar a Madrid, y allí en Barajas, tomaría el avión que la conduciría directamente a Nueva York.  Las Navidades estaban muy cerca, tan solo a dos días de celebrar el matrimonio de Mila.  Los cineastas habían parado el rodaje para tomar las vacaciones navideñas, que cada uno de ellos celebraría con sus familias.  Tan sólo quedó un retén de guardia al cuidado de la utillería de la filmación.

El pueblo seguía con su vida, quizá algo más animada porque los operarios, al no haber rodaje, frecuentaban el bar y allí se mezclaban con los lugareños, que se entendían con ellos por medio de gestos.



Mila se casó en el Juzgado de Las Mimosas, y al enlace acudieron , además de Alba, Celia , Sara y Enrique, el alcalde de Miranorte.  De parte del novio, una hermana de José Luis, sus sobrinos y algún amigo íntimo.  Todo muy familiar y entrañable.

La comida la celebraron en un local dedicado a bodas y otros eventos.  Reinó la alegría entre ellos.  Alba observaba las miradas cariñosas que los, ahora esposos, se dedicaban mutuamente.  Los años habían retrocedido, y ahora vivian lo que debieron sentir cuando la juventud llenaba de ilusión sus existencias, pero no creía que hubieran sido más felices, que lo eran en ese momento.

Alba sentía un nudo en la garganta.  Era feliz por su amiga, pero habían pasado mucho tiempo juntas, como una pequeña familia, y ahora todo había cambiado de un día para otro.  Debía hacerse a la idea de que ahora Mila no la prepararía el desayuno, ni cocinaría esas magdalenas tan ricas que la hacía, y sobretodo que de ahora en adelante habría de vivir sola.  Por eso había elegido esa fecha para su viaje. No deseaba pasar en soledad  las fiestas de Navidad, y además sería un paréntesis en su vida y,  tratar de tomar nuevo rumbo.  Luego, estaba Paul.  Había regresado a su pais,  por unos dias,, pero ni siquiera tenía el consuelo de poderle ver aunque fuera de lejos.

Antes de partir rumbo a Madrid se había despedido de ella ante un cafe, a prisa y corriendo, mientras ella servía las mesas del bar.  Inconscientemente, llevó su mano a la mejilla, al lugar en donde él había depositado un beso antes de salir del local.  Se habían deseado unas felices Navidades y Año Nuevo.
Para fin de año, Alba ya estaría de regreso en Miranorte, pero él tardaría tres o cuatro días más en llegar y,  poderle ver.

Agitó ligeramente su cabeza para desechar el pensamiento.  Había olvidado por completo que no estaba sola y que alguien a su oído la preguntaba algo

- Alba ¿ te ocurre algo ? - preocupada  Sara  la daba golpecitos en el brazo para que volviera a la Tierra, desde el lugar en donde en ese momento se encontraba
- ¿ Que ? ¿ Me dices algo?  Perdona estaba pensando en el viaje- respondió Alba
- Hija ¡ qué facilidad tienes para evadirte de las cosas !- respondió Sara
- ¿ Para evadirme ? dí mejor para no querer pensar en algo
- Bueno, da igual lo que sea. ¡ Vamos a brindar ! Todo el mundo tiene su copa llena menos tu. ¡Venga, mujer ! ¡ Anímate ! Milagros va a pensar que estás triste por su marcha
- Claro que no.  Estoy feliz por ella, pero la voy a echar mucho de menos
- Haces bien en viajar.  Te sentará de maravilla.  Te llenaré la copa.  No te achispes, que tenemos que regresar a Miranorte y tu eres la única que conduces

Ambas chicas rompieron a reír, pero  los ojos de Alba se cubrieron con una ligera capa de agua.  No quería llorar, pero la emoción la invadía por momentos.  Tragó saliva, sorbió un trago de cava y siguió adelante .


Tres días después, estaba saliendo del aeropuerto.   Había llegado a Nueva York. Eran un grupo pequeño, en total unas diez personas.  Sin duda debido a las fiestas navideñas, familiares en España. Integraban el grupo dos chicas amigas, un hombre de mediana edad,  viudo, un matrimonio de unos cincuenta años, unos recién casados, unos  jubilados y ella.  Reunidos en el hall, fueron conducidos en un mono volumen hasta el hotel.  Enseguida entablaron conversación, y Alba, que en un principio se sintió agobiada por la inmensidad del aeropuerto, percibía que estaba  menos sola arropada por el grupo.  Junto al chófer se sentaba la guía, una chica sevillana que les mostraría lo más importante de la grandiosa y maravillosa ciudad que es Nueva York.  Una semana era poco tiempo para conocer todo lo que la city tenía para ofrecer a los visitantes, pero ese era el tiempo del que ella disponía.  Quizá tuviera otra ocasión de volver a visitarla.


La ciudad tenía un ritmo frenético, y el grupo,  un horario,  en el que tenían que madrugar para poder visitar el máximo de cosas.  Llegaba al hotel cansada, hasta el punto de que ni siquiera cenaba nada más que un sandwich o un vaso de leche con galletas.  No podía comer más.  Después de ducharse, se metía en la cama y el cansancio hacía todo lo demás.  Era tanta la actividad que tenían, que Alba había olvidado por completo el motivo por el que se encontraba en Nueva York, pero al quedarse a solas en su habitación, y antes de que la rindiera el sueño, su recuerdo iba indistintamente para Milagros y para Paul

- ¿ Dónde estará? ¿ Qué estará haciendo ?  Estoy en su mismo pais, y sin embargo estamos a miles de kilómetros de distancia.  Al menos en Miranorte tenía la posibilidad de verle de vez en cuando.  Seguro que se ha olvidado totalmente del pueblo.  Estará con su novia pasándolo en grande, ajeno totalmente a que a mi no se me va de la cabeza.

Y poco a poco, sus ojos se entornaban hasta quedar dormida,  reflejando en sus pupilas el rostro del actor.  Y al día siguiente, como a diario, el despertador a las siete, la hacía salir del descanso reparador para volver a recorrer las calles, los grandes almacenes, los teatros, los museos y todo cuanto a su paso disfrutaban.

Y llegó el día en que debía regresar a España.  El resto del grupo proseguía su camino.  La noche anterior en el restaurante del hotel, la hicieron un pequeño homenaje.  Habían tenido mucha química entre ellos. Había disfrutado con el viaje, y se había sacudido algo de la pereza que había almacenado con su permanencia en Miranorte.



Sentada en su asiento, y mientras el avión comenzaba el despegue, hacía una reflexión sobre lo vivido, y había tomado una decisión

- Cuando termine mi compromiso con Juan, volveré a Madrid a retomar mi vida, y quizá hable con Marta para ver si me consigue un trabajo en Los Angeles. Vivo sola, estoy sola, y tanto me da vivir en otro lugar.  Volvería a España en vacaciones... Estoy loca.  Vivo el cuento de La lechera...  Será mejor que lo deje... voy a ver si duermo un poco.  El viaje es largo y estoy muy cansada, feliz, pero cansada.

Cuando pudo hacerlo, puso su asiento en horizontal, se tapó con la mantita que la brindó la azafata, y se sumergió en un sueño tranquilo en el que vivió nuevamente su aventura neoyorquina.


Por fín, el avión tomaba tierra en Barajas.  Unas emociones encontradas se abrían paso en su cabeza.  Tendría que pernoctar en la capital y al día siguiente salir para el pueblo. ¿ Qué debía hacer? ¿ Debía hacerlo en su casa ó quizá en algún hotel?

- Eres una cobarde. ¿ A qué tienes miedo ? - la repetía su sentido común- Tarde o temprano tendrás que ir.

Después de tomar un taxi en la terminal, media hora después, se encontraba frente al edificio en el que  estaba situada la vivienda que compartiera con su madre.  Razón tenía Mila, que un día la aconsejó " no te demores en el tiempo.  Cuanto más tardes, más difícil será el regreso".  Y ahora podía comprobarlo.

Cuando metió la llave en la cerradura, un nudo atenazaba su garganta.  Al entrar en el pequeño hall, le pareció escuchar el ruido de la madre preparando la comida en la cocina.  Las lágrimas acudieron a sus ojos, y con voz tenue dijo " mamá ya he llegado".

Al entrar en el salón, y a pesar del tiempo transcurrido, nuevamente acudieron a su memoria los últimos días en la vida de su madre.  Se sentó en el sillón frente al que utilizaba ella, y acarició suavemente el reposa brazos. Apenas lo rozaba con la yema de los dedos, como para no profanarlo.  Todo permanecía igual que ella lo dejara cuando partió rumbo a Miranorte.  Recorrió cada habitación, y se detuvo frente a la de su madre, sin atreverse a abrir la puerta, pero al fin se armó de valor.  Todo estaba en orden y limpio.  Marisa, la portera,  había recibido su encargo de tener debidamente atendido, ese piso, pero con el deseo expreso de no mover nada  y dejarlo tal cuál estaba.



No pudo reprimir un llanto desgarrador y de rodillas junto a la cama de su madre, reclinó la cabeza en el lecho, buscando quizá algo de vida, alguna caricia de la que ya no estaba.

No supo el tiempo que permaneció así.  Una vez se hubo calmado, se levantó y mirando de nuevo la habitación salió y cerró la puerta.  No quiso salir a cenar a ningún sitio, tampoco tenía apetito.  Eran demasiado fuertes las emociones, y solamente pensaba en acostarse y dormir, si es que tenía suerte,  y lo lograba.

Mientras el sueño acudía a sus ojos, mentalmente trazó un plan.

- Volveré a Miranorte, y en cuanto me sea posible recogeré todo y me marcharé ¿ Dónde ? no tengo ni idea, pero tanto me da.  He de poner orden en mi vida.  No puedo dejar pasar los años en este estado  semi vegetativo.  Tengo que borrar para siempre a Paul de mi memoria.  No puedo agregar un peso más a los que ya tengo.  Debo poner tierra de por medio, a cualquier lugar.  Podría dar clases a domicilio para niños en recuperación académica. O cuidar a cualquier anciano, o qué se yo... Con tal que me de para ir viviendo... ¡ Oh, Dios mio !... -  hundió la cara en la almohada y nuevamente el llanto la invadió.

Se levantó temprano, y con un ligero bolso de mano, salió a la calle.  Dejó una nota en la portería advirtiendo a Marisa de su presencia aquella noche en su casa.  Entró en la cafetería cercana a su domicilio y tras desayunar, en un taxi se dirigió a la estación de autocares y sacó su billete rumbo a León.  Allí tomaría otro que la llevaría hasta Las Mimosas, y después en un taxi, por fin llegaría a Miranorte.

Hablaría con Juan lo antes posible.  Le comentaría sus proyectos y le diría que dispusiera de la casa. Lo quería hacer todo muy rápido, para no dar tiempo a su cabeza a arrepentirse.  No tenía muy claro lo qué hacer después.  Primero regresaría a Madrid, y cuando pasasen las fiestas, tomaría la iniciativa de dónde dirigirse.

Cansada, agotada emocionalmente , pero muy segura de lo que había de hacer, llegó al pueblo. Pareciera que hubiera transcurrido una eternidad, cuando habían transcurrido solamente unos pocos días.  El cambio había sido ¡tan radical!..  La tranquilidad de Miranorte, al ajetreo y las prisas de la gran ciudad, de vuelta a su pasado...  y ahora otra vez  el lugar que le había dado paz en aquellos años, después de haber sufrido la pérdida de su única familia:  su madre.



Era muy tarde y estaba bastante fatigada.  Optó por comunicar a Juan su llegada y quedar con él en que volvería al bar al día siguiente.  Era la víspera del último día del año.  Empezaría una nueva vida al mismo tiempo que un año nuevo.  En el fondo tenía sentimientos contradictorios.  Por un lado se alegraba de haber superado la barrera que ella misma se había impuesto de reclusión en Miranorte y volver al lugar que la correspondía.  Era urbanita, aunque las circunstancias la habían conducido hasta aquel pueblecito casi sin gente.  Pero por otro, lamentaba tener que dejar a aquellas gentes que tan cariñosas habían sido con ella, dejar a sus amigas, alejarse de aquel refugio de serenidad, y abrir unas espectativas aún sin lograr. Y también estaba Paul.  Sabía que era un imposible, que ni siquiera él se había fijado en ella, que pertenecían a mundos opuestos.  Que aquello que sentía sólo era dolor, pero...  le echaba de menos y lamentaba no poder verle,   no pertenecer a su mundo, o que él fuera una persona normal, sin ser tan inalcanzable.
" Normal es Albero y no le quieres"- se decía.  Se sentía culpable de haberse enamorado, pero ella no lo buscó..., surgió.  Y ahora estaba intentando cerrar esa página, pero también sabía, que de conseguirlo, tardaría tiempo, y que siempre permanecería en ese rinconcito que todos tenemos de nuestros secretos ocultos, que sólo nosotros sabemos.