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domingo, 25 de septiembre de 2011

COSAS DE ABUELOS - Capítulo 1º - Un niño como los demás...

Iglesia-Catedral de los Santos Niños (Justo y Pastor)

- Antoñito, Antoñito...

Seguramente ese sería el grito que mi bisabuela lanzara para que su hijo Antonio volviera a casa después de jugar en las cercanias de la iglesia de los Santos Niños,  a la salida del colegio. En los colegios de aquella época  había pocos chiquillos, ya que la mayoría,  por necesidades de sus hogares habían de ponerse a trabajar y llegaban  a mayores siendo analfabetos.
No era el caso.   Mi bisabuela se empeño en que sus hijos supieran al menos leer, escribir y las cuatro reglas.
Antoñito era un chico muy despabilado que capitaneaba a toda la pandilla de amigos; siempre era el que daba las órdenes, era también servicial y buen compañero, por eso todos le querían. Entre sus amigos de aquella época destacaron dos: Manuel Azaña y Andrés Saborit. Más jóvenes que Antoñito, pero igual de líderes.

Al escuchar la voz de su madre, Antoñito llegó a su casa dando grandes zancadas,  pues sabía que le esperaba una buena regañina...,  por entretenerse.

- A ver, ¿cómo ha ido la clase de hoy?-  le preguntaba la madre

-Bien, madre. Me lo he sabido todo

-Y el maestro ¿te ha tenido que llamar la atención por algo?

-No madre, al contrario,  me ha recompensado con una tiza por haber ayudado a Paquito con las cuentas.

La madre sonreia satisfecha. Nunca le defraudaba: era un chico de buenos sentimientos y solidario. Eso era lo que ella inculcaba a todos sus hijos. Desterrar la mentira, ser honrados, y ayudar al que lo necesitase..

La familia,  como tantas otras,  era pobre, muy pobre y,  en cuanto Antoñito terminó  de aprender lo que en aquella época se consideraba necesario, su padre le buscó trabajo en lo único que había en Alcalá de Henares por aquel entonces: la construcción.

Se hizo albañil.   Primero acarreaba los ladrillos y el cemento, pero como era muy inteligente poco a poco fue aprendiendo el oficio, oficio que no le agradaba: él aspiraba a algo más.

De todos los hermanos que fueron,  solamente vivieron tres, además de él, que llegaron a la ancianidad. El resto hasta  once, fueron muriendo,  antes incluso de llegar a ser adultos.

Manuel, María y Amparo,  se llamaban esos hermanos. Las chicas en quella época ni siquiera iban al colegio ya que estaban destinadas al matrimonio, es decir a ser poco menos que esclavas. Gracias al tesón de la madre,  Maria y Amparo aprendieron al igual que Antoñito y Manolito, todo lo que el maestro podía enseñarles con los escasos medios que tenía. Y el tiempo pasó y Antoñito, ya era Antonio, y era un prometedor adolescente atractivo e inquieto.

Los domingos la única diversión que había era pasear por la Plaza de Cervantes y por los soportales de la Calle Mayor, cuyas columnas de piedra fueron colocadas por el tatarabuelo de Antoñito, que era cantero.
Se juntaban algunos amigos de la pandilla de cuando eran pequeños, otros junto con sus padres habían emigrado a la capital en busca de un mejor futuro. De todos ellos quedaron dos,  y con ellos y con su hermano Manuel, al que estaba muy unido, paseaban riéndose con las chicas y flirteando con ellas, al igual que cualquier joven,  de cualquier época.
Calle Mayor de Alcalá de Henares

Aquel sin duda no iba a ser un domingo como los demás. Ocurriría algo que cambiaria el rumbo de su vida.

-Manuel, mira qué preciosidad de niña

-¿Dónde? ¡ Ah ! es la hija de los Hernández

-¿De los Hernández? ¿de los ricos, de los que tienen una hija monja y otro organista?

-Si, hombre. Los que tienen la pastelería..

-¡ Dios mio !

-¿Qué te pasa?

-Me acabo de enamorar..

-Ja,ja,ja. Tú estás loco, ¿de ella? Es como si te hubieras enamorado  de una estrella. No podrás aspirar ni siquiera a que te mire. Antonio, baja de las nubes.

Se trataba de Inés Hernández, una de las hijas del matrimonio con ese apellido y que era uno de los mejor situados en Alcalá. Sus hijos hasta sabian tocar el piano y leer y escribir. Las niñas estaban destinadas a muy altas esferas. La monja era una sierva de Dios en Las Clarisas, el organista tocaba en la iglesia-catedral.   Inés tenía una educación exquisita, bordaba y tenía una preciosa voz, que lucía cada vez que sus padres daban una chocolatada a sus amistades.

Inés, sus amigas y su sirvienta, se cruzaron con los dos hermanos Fernández y ella que era muy tímida y pudorosa, cruzó una rápida mirada y una sonrisa con el mayor de los dos, con Antonio, que quedó hechizado por la dulzura de aquel rostro casi infantil pero de una enorme belleza. Sus grandes ojos negros cautivaron al joven albañil,  y ya no tuvo tranquilidad en toda la tarde. Contestaba a las bromas de sus acompañantes con monosílabos y de vez en cuando giraba la cabeza para ver de nuevo a aquella preciosidad que se había cruzado en su camino.

Ya por la noche al acostarse, preguntó a Manuel , que ambos dormían en la  misma habitación

-¿Cómo no la he visto antes?

-¿De qué hablas?

-De la chica de los Hernández. Nunca la había visto hasta hoy...

-Pues porque apenas sale de casa. Dicen que tiene poca salud...

Antonio no dijo más, apagó de un soplo la vela que les alumbraba y mirando al techo se quedó pensando en aquella criatura que le había causado tal impacto.

-Madre, ¿usted conoce a la chica de los Hernández?

-¿A Inesita?, pues claro. En una ocasión estuve lavando en su casa, cuando nació una de las hermanas, ya ni me acuerdo de quién era. Fué una niña preciosa, algo delicadilla , pero bonita como una rosa.¿Por qué me preguntas eso ahora?

-La vi ayer y,  madre....me voy a casar con ella.

-¿Queeé?  hijo mio tú estás majareta perdido. Confórmate si te puedes casar con una lavandera. ¡ Con ella! pero si ni siquiera vas a tener oportunidad de hablarla...

Antonio no dijo más, las palabras de su madre le habían vuelto a la realidad, pero en su cabeza empezó a tomar forma una estrategia para poder llegar hasta ella.



Mientras trabajaba en la obra no dejaba de pensar en la forma de poder hablarle, aunque fueran dos palabras, en el paseo del próximo domingo.

Antonio era un chico alto , para la altura que se llevaba entonces. Mediría 1'75 ,  de pelo negro, delgado, simpático y con un gran dominio de la palabra. Era educado y cortés; esperaba que con esos dones pudiera encandilar a Inesita y al menos que se fijara en él.

Al siguiente domingo Inesita no acudió al paseo. Según pudo enterarse unas fiebres de principio de invierno la retenían en cama. Se acercó a la sirvienta que se dirigía a la pastelería a por unos dulces precisamente para ella y,  por eso supo de su ligera enfermedad.

-Por lo menos he hablado con la sirvienta. Lo próximo será con ella.

Y así fué. La siguiente vez que coincidieron,  con la excusa de saber sobre su salud, se dirigió a ella directamente en el paseo.  Inesita ya se había fijado en aquel muchacho moreno que la miraba cuando paseaban, pero ni se atrevía  dárselo a entender.

-Señorita, espero no ser descortés y no me tome a mal si le pregunto por su salud

Inés no supo qué decir. Era tímida pues sus dieciséis años y la rígida educación no le permitía mirar frente a frente a aquel cortés muchacho que se interesaba por ella.

-Bien, estoy bien gracias-,  es todo lo que respondió con una tímida voz que a penas se escuchaba.

Y de esta manera se conocieron mis abuelos. Los inconvenientes, los disgustos y desprecios recibidos, serán ingredientes del próximo capítulo.

Fotografía de la época

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