rosafermu

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sábado, 28 de abril de 2012

COMO TE QUISE TE QUIERO / Capítulo noveno

Alberto

Abogado de Alberto
Cuando comprobó que era una hora razonable, el abogado llamó a Alberto para comunicarle lo acordado con Almudena

-Alberto, no te he querido llamar antes, la diferencia horaria ya sabes... Bueno ocurre lo siguiente: Almudena no ha firmado porque quiere que eliminemos las cláusulas de la pensión y de gananciales. Su decisión es firme y amenaza con no firmar si no atendemos a su petición. Me ha dejado asombrado. Nunca me he encontrado con un caso de divorcio que la mujer no quiera compensaciones.
-Ya -  respondió Alberto. Es que Almudena es especial. Insiste todo lo que puedas, no quiero que quede desprotegida.
-Pero ¿ y si no cede?
-Pues si no cede, suprime las cláusulas. Que firme el documento, pero no lo curses.  Iré para Navidad y hablaré con ella. Comunícame el resultado, pero no lo hagas hasta mañana que hoy tengo quirófano
--¿Qué tal te van las cosas?
-Bien, bien en lo laboral. En lo afectivo fatal; me acuerdo mucho de España. Bueno si no tienes nada más que decirte te voy a dejar que me tengo que marchar dentro de un rato. Llámame con lo que sea
-Descuida, así lo haré. Cuídate

El avión que conducía a Alberto hasta Madrid desde Estados Unidos, aterrizó en Barajas a primera hora de la mañana. No había podido dormir durante el largo viaje. La impaciencia, los nervios y la expectación le tenían nervioso y deseando llegar.  Era veintidos de Diciembre y la Navidad  ya próxima se notaba en el ir y venir de las gentes.  Tomó un taxi y le dió la dirección de su madre. Por las calles por las que pasaban los transeúntes portaban paquetes de las compras realizadas para estas entrañables fechas.  El taxista llevaba conectada una emisora de radio por la que retransmitían el Sorteo de Loteria. ¡Le era tan familiar las voces de los niños que voceaban los números y los premios correspondientes!. Las luces de los adornos de las calles, los escaparates de los comercios rivalizando a ver quién era el más original, todo olía a Nochebuena.
Al bajarse del coche, se quedó unos instantes en la acera contemplando el familiar paisaje de su barrio la panadería de Pepi, el bar de Justino, el supermercado de la esquina, todo le era familiar y querido. Hacía apenas unos meses que faltaba de allí, pero a él le pareció una eternidad.

Llamó al timbre y una madre emocionada con los brazos abiertos recibió al hijo. Detrás venía corriendo la abuela, sus dos mujeres. Abrió los brazos y en ellos abarcó a la madre y a la abuela. A su madre la encontró guapa en su madurez al igual que a la abuela, que parecía que el tiempo no pasaba para ella

Los tres se sentaron en la salita y las preguntas se sucedían sin apenas darle tiempo a las respuestas

-¿Estás bien, hijo mio?
-Claro mamá ¿ no me ves?
-Claro que te veo, por eso te lo pregunto. Te encuentro algo más delgado¿Trabajas mucho?
-Si mamá, eso si. Trabajo, estudio y practico. Es decir vivo en el hospital, pero no me importa porque el resultado final es muy bueno
-Perdona lo que te voy a preguntar. ¿Estás con alguien?
-No mamá, no tengo tiempo, pero además ... es demasiado pronto aún
-Bueno hijo mio, tú sabes bien lo que tienes que hacer.
-Me váis a permitir que llame a Rodrigo  para decirles que ya he llegado. Enseguida vuelvo
-¿ Rodrigo?
-Si ¿ quién llama?
-Soy Alberto, que ya he llegado
-¡ Alberto hijo ! ¿cómo estás?
-Bien, muy bien y ¿vosotros?
-También bien. Oye estoy en casa de mi madre, después de comer me acercaré a veros ¿vale?
-Estupendo. Te esperamos para tomar café.No cuelgues que  Carmela quiere saludarte
-Alberto ¿ estás bien? tengo ganas de verte. Según he oido vienes después de comer, me alegro. Entonces hasta luego
-Hasta luego, Carmela. Cuídate.

Su madre y su abuela estaban disponiendo la mesa para la comida. Entretanto la madre le preguntó

-¿Tienes buena relación con ellos?
-Excelente, son muy buenos y me tienen aprecio. Yo también les quiero. Rodrigo me ayudó mucho
-No quiero herirte, ni que me lo tomes a mal, pero me preocupa vuestra situación. No sé lo que os ocurrió, ni quiero saberlo, pero...¿qué es lo que váis hacer?
-No te preocupes mamá. El divorcio está en trámites. Todo está arreglado

-¡Ay Señor, Señor ¡ Con lo contentos que estábamos todos!
-¿Te quieres callar? Regañó la abuela a su hija. Ellos ya son mayorcitos para saber lo que les conviene. Petenece a su vida privada y si ellos no quieren contarlo, hay que respetarles. A nosotras no nos incumbe.
-Tienes razón, perdóname.
-No tengo nada que perdonarte, mamá. Discúlpame que no te cuente más, eso es cosa de ella y mio. Bueno y ahora venga ese cocido que es néctar de dioses.

Rodrigo y Carmela le recibieron con infinito cariño. Se fundieron en un abrazo y Carmela no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas  Alberto no podía demorar más la pregunta; ansiaba saber de Almudena

-Almudena ¿está bien?
-Si, está bien. Trabaja bastante dice que está mejor en el hospital que en casa, así que hace guardias y guardias. Me preocupa vaya a caer enferma. Hoy precisamente sale a las diez de la noche porque ha hecho el turno de una compañera que tenía a un chiquillo enfermo. ¿Vas a verla?
-Si claro, esa es mi idea. Tenemos que hablar un par de cosas. Lo haré lo antes posible para salir de una vez de ésto.
-¿Tienes ganas de divorciarte?
-No, ninguna, pero es necesario solucionar nuestra situación. Por ella y por mi. Había pensado quedarme en América, llevarme a mi madre y a mi abuela
-Por  Dios Alberto ¿lo has pensado bien?
-Si Rodrigo, lo he pensado todo, lo he pensado todo...

Se despidió de ellos como a las ocho de la noche. Todavía quedaban más de dos horas para verse con Almudena. Decidió ir a dar una vuelta y por la  Castellana, llegó hasta Cibeles. Alli subió por Alcalá y continuó hasta la Puerta del Sol, y por Preciados desembocó en Gran Vía. ¡ Qué bonita estaba! Tan bulliciosa como siempre, nunca duerme la calle más emblemática de Madrid. Todo era como nuevo para él, lo saboreaba. Entró en una cafetería y tomó un café caliente, pues hacía bastante frio  Consultó su reloj y vió que ya eran las diez.  Por Hortaleza subió hasta Alonso Martínez para llegar al que fuera su hogar.

Miró hacia el balcón en dónde vivía Almudena y lo vió apagado. Esperó a ver si la veia venir. Eran casi las once, pero Rodrigo le avisó que regresaba andando,  por lo que llegaría sobre esa hora.  Se recostó en el quicio de un portal y al poco rato vió venir a una figura de sobra conocida.  Andaba despacio, se la notaba cansada. Con la barbilla dentro de una bufanda que llevaba al cuello. Buscó en su bolso la llave del portal sin percibirse de la cercanía de Alberto.






El tenía un nudo en la garganta. Su recuerdo permanecía latente en su vida. Ni el tiempo ni la distancia habían amortiguado sus sentimientos. Esperó a que entrara y subiera a su casa. Estaba nervioso, expectante ante el encuentro. Esperó unos minutos y subió. Pulsó el timbre y Almudena estaba ante él con cara de asombro. Sin duda lo que menos esperaba es que Alberto estuviera frente a ella.

-Hola, dijo él
-Hola, eh...¿qué haces aquí? ¿ vienes a quedarte o por vacaciones?
-No, no,  por vacaciones. Unos días solamente. ¿ puedo pasar?
-Perdona, no me he dado cuenta. Pasa por favor. Ven a la salita ¿Has cenado?
-No, me he tomado un café
-Te prepararé algo en un momento
-No, no. No te molestes, no tengo apetito. Con el cambio de hora, estoy con la de América
-Bien, pues tú dirás. ¿Quieres una copa o un café?
-Un café estará bien, gracias

Todo era muy frio, protocolario. Eran dos extraños frente a frente






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