rosafermu

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domingo, 22 de abril de 2012

COMO TE QUISE TE QUIERO / Capítulo Primero

Almudena dejó  de tejer la labor que tenía entre manos, se quitó las gafas y frotó sus ojos por unos instantes.

--Necesito ir a graduarme, c on estas gafas no veo bien y se me cansan mucho los ojos.

Sonrió y echó la cabeza hacia atrás recordando cuando su vista alcanzaba el vuelo de una minúscula mosca a gran distancia.  Cómo han pasado los años, ¡ Dios mio !, pensó y perdió la mirada en el vacío evocando mil vivencias pasadas.
Celia entró en la habitación llevando en su mano el periódico El Pais que acababa de comprar en el kiosc o de la esquina de casa. También había comprado una revista de labores que le había encargado Almudena y otra de las llamadas del corazón: Hola, que se había hecho más internacional y se editaba también en Inglaterra. Recordó cómo cuando era una adolescente esperaba al día de la semana, que casi siempre era el jueves, para comprarla y empaparse de todas las aventuras de los actores de Hollywood. Entonces costaba cinco pesetas y a su corta economía de adolescente le suponía no tener más que para viajar en el metro o en el tranvia para ir a clase o a la casa de cualquier amiga.

Abrió el periódico por el final; no entendía cómo tenía esa costumbre desde siempre. Al llegar a la primera página detuvo su mirada en la fotografía y el artículo remarcado en un lado:

" Anoche falleció en su domicilio de Madrid, el prestigioso abogado del Estado D. Luis Montseny. El fallecimiento se produjo por un infarto agudo de miocardio. Cuando las asistencias médicas acudieron, ya era demasiado tarde.  Deja viuda y dos hijos. El sepelio será mañana a primera hora, desde el tanatorio de Tres Cantos hasta el panteón familiar de la Sacramental de San Justo. Nuestras más sentidas condolencias a la familia."....



No quiso seguir leyendo más. Era una glosa de la trayectoria brillante que había tenido desde que se hizo cargo del despacho de su padre, otro abogado, D. Alfredo.

Almudena lentamente dejó el periódico sobre la mesa, al tiempo que sus ojos despedían una luz a punto de convertirse en lágrima.  Le vino a su memoria aquella ya lejana niñez en la que había conocido a Luis.

LOS RECUERDOS

Vivía con sus padres en la calle de Santa  Feliciana, en el barrio de Chamberí de Madrid. Eran muy populares entre los vecinos ya que su padre era médico de cabecera y ginecólogo, por lo que la mayoría de los niños de la vecindad habían venido al mundo ayudados por sus manos. Era  D.. Rodrigo, querido y respetado por todos. El domicilio era una vivienda amplia con ocho habitaciones, todas ellas con balcones a la calle que hacía esquina a la del Castillo. Pertenecían al grupo de los perdedores de la guerra, por tanto no había tenido oportunidad de entrar en las plantillas de los hospitales municipales y los escasos privados que había en aquella época en Madrid, en su mayoría, estaban regentados por personas del mando contrario por lo cual no tuvo opción a engrosar su plantilla como ginecólogo. Para remediar tal situación  planteó a su mujer Carmela, la necesidad de habilitar un par de habitaciones para montar una consulta, ya que con su mísero salario de la Casa de Socorro, no tenían apenas para comer. Ella aceptó la idea que les permitiría pagar con mas desahogo el alquiler de la vivienda.  Don Rodrigo era un magnífico ginecólogo, pero ejercería además de médico de cabecera y así tendría más pacientes y más ingresos.  Frente a la vivienda había un pequeño colegio que coloquialmente era denominado como el de la señorita Lola, que era una maestra de más que mediana edad y además la directora del colegio. Allí a la edad de cinco años Almudena empezó su aprendizaje. La entrada al colegio ( que era mixto ) para las niñas la tenían por la calle de Santa Feliciana, pero la de los niños era por la calle del Castillo.
Y de esta manera se conocieron Luis y ella.  El chico vivía en la calle de Luchana y todos los días le recogía una muchacha del servicio que sus padres tenían. Para acortar la distancia, Primi, que así se llamaba la chica, cruzaba la calle de Santa Feliciana, Castillo, Raimundo Lulio, Santa Engracia (que entonces se llamaba García Morato), para desembocar en Luchana. Era un corto trayecto el que Luis y Almudena hacían juntos, apenas de tres minutos, pero ellos se reian con las bromas que Primi les gastaba. La salida era a las doce del mediodía, para volver a las tres hasta las cinco de la tarde.  Almudena esperaba en la esquina de la calle la llegada de Luis para después cada uno e ellos dirigirse a la entrada correspondiente.

Cuando contaban siete años, c ada padre decidió que ese colegio era insuficiente , de manera que a Luis le inscribieron en los Hermanos Maristas de la calle de Fuencarral y Almudena comenzó sus estudios en el colegio de María Inmaculada de la calle de Martínez Campos.

Esto supuso un gran disgusto para los chicos que ya no podrían verse a diario como hasta entonces, pero aún les quedaba La Plaza Vieja. Era un parque, el único en todo el barrio, y allí acudían los niños a jugar, frente a la estatua que habían erigido en honor de la insigne actriz Loreto Prado. Solamente podían acudir los jueves por la tarde, que era lo que los chavales de la época tenían libres de sus obligaciones escolares, si entre semana no había alguna fiesta, porque entonces se suplía con el jueves. Hasta los sábados tenían colegio.

Por motivo de la pasada guerra civil, la parroquia del barrio había quedado muy dañada y a base de limosnas la iban reconstruyendo, pero claro, los vecinos no daban más de diez céntimos y llevaban años tratando de finalizar las obras que nunca se terminaban.  Por ello la iglesia del colegio de Almudena, hizo las veces de parroquia y a ella acudía la gente a oir misa los domingos, celebraban matrimonios y bautizos.

Almudena tenía que acudir necesariamente por mandato del colegio todos los domingos a misa, ocasión que aprovechaba para ver a Luis que acudía con sus padres por el mismo motivo.

Y así lentamente, poco a poco iban corriendo los años.  Ambos hicieron el bachillerato superior, que eran siete años y la reválida para luego ingresar en la universidad. A la edad de dieciocho años tuvieron que separarse,  ya que Luis iría a estudiar la carrera de Derecho a Salamanca.  Como los ingresos de D. Rodrigo no daban para tanto aconsejó a su hija que se hiciera enfermera ya que no podía costearle la universidad, y Almudena aceptó y en tres años consiguió su título y ayudaba a su padre en la consulta. Pero ella quería ser médico.

--Imposible, niña, y bien que me duele tener que negarte esa oportunidad, pero ya sabes que mi consulta es pobre. Las tres pesetas que me pagan al mes por estar asociados a mi iguala y las veinticinco de algún parto, no dan para tanto. Hija mía, te aconsejo que busques algún trabajo en alguna sociedad médica y con lo que ganes te pagues las clases de Matrona si es que quieres hacer algo semejante a lo mío; otra cosa no puedo hacer.

--Papá, has tenido una buena idea. Me acercaré a solicitar plaza en ese hospital tan grande que han hecho al final de la Castellana, a La Paz, y que acaba de ser inaugurado por Franco. ¿ Quién sabe?, a lo mejor tengo suerte y encuentro un puesto aunque sea para hacer las camas de los enfermos.

Y dicho, hecho y conseguido.  Cada mañana tomaba un autobús que la dejaba en la Plaza de Castilla y desde allí andando acudía a su trabajo en La Paz y allí mismo comenzó su aprendizaje de comadrona. Al cabo de tres años tenía su título y podría, de momento, ayudar en los partos hasta que pasado un tiempo hubiera adquirido puntos y práctica para ejercerlo ella misma.


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