rosafermu

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sábado, 30 de marzo de 2013

AMOR EN LA RED - Capítulo 12º / Todo está como debiera



Por prescripción médica, Ingrid debía dar largos paseos. Tenían la inmensa suerte de vivir en un sitio bonito y con mar.  Los largos paseos por la playa eran sus preferidos.  Enlazados por la cintura algunas veces charlaban, otras guardaban silencio y cada uno se sumergía en sus pensamientos.   Hacía pocos días que  habían regresado de España, e Ingrid debía abordar la problemática en la carrera de Jack.  Bajo ningún criterio quería que abandonase la medicina por la  búsqueda de nuevos horizontes laborales. Mientras daban su paseo, ella reclinando su cabeza en el pecho de Jack,  le dijo

- Amor, tenemos que pensar en el futuro. ¿ Sigues decidido a dejar la medicina? - él de momento guardó silencio.
- Mira cielo, es un tema del que por ahora no quiero hablar
- Pero tenemos que hacerlo. Comprendo el motivo por el que pensaste en abandonar,pero es injusto. Eres muy valioso en tu campo y, te faltaba poco para cumplir tu sueño de ser cirujano.  Vuelve mi amor, por favor no abandones tu sueño
- Tengo miedo de enfrentarme a otra desgracia como aquella. Siempre tengo tu imagen en la cabeza y, no lo soporto. No podría vivir sin ti ¿ es tan difícil de entender?
- Yo te entiendo y comprendo que fué horrible, pero también hay niños que nacen ayudados por las expertas manos del médico, por manos como las tuyas.  No tienes que sentir miedo; yo estoy sana y fuerte. Estoy bien, y nuestro hijo nacerá sin problemas. Eres un excelente médico, pero si lo dejas por la investigación, serás un mediocre investigador, porque no es lo tuyo. Te arrepentirás si no continúas.  Hazme caso, vida. Pide la reincorporación a tu puesto, hazlo por mí.

Ingrid se alzó sobre las puntas de sus pies y cogiendo el rostro de su marido, le besó repetidamente, hasta arrancarle la promesa de que volvería al hospital.

Así lo hizo, con gran satisfacción de Philip, pues apreciaba mucho a su amigo. A él también le costó recuperarse de lo ocurrido con Lucille, pero era más veterano que Jack y al cabo de unos días había vuelto a la rutina de siempre, como si nada hubiera ocurrido.

El embarazo de Ingrid se desarrollaba normalmente. Iba a revisiones mensuales, y posteriormente, cuando la fecha se acercaba, cada semana.  Ella estaba nerviosa. Deseaba ardientemente tener a su hijo en brazos, pues sería varón, pero ni se la ocurría comentarlo con su marido, no creyera que lo que sentía era miedo por el momento que se acercaba; aunque un poquito de miedo sí sentía.  No por si la ocurría algo malo, sino miedo a lo desconocido: sabía que se pasaba mal, era la creencia que se transmitía de generación en generación. Era mimada por Jack, que desde su separación parecía amarla más intensamente y estaba siempre pendiente de ella.


Y Jack se incorporó a su trabajo, y lejos de lo que pensaba se sintió feliz por estar de nuevo ejerciendo. Llamaba a su mujer varias veces en el transcurso del día

- ¿ Estás bien ?
- Si, cariño, estoy bien. Aún no toca; no te preocupes tanto.  Te quiero muchísimo, pero me mimas en exceso y no va haber quién me aguante cuando todas las caricias se las lleve el pequeñín y te olvides de mi
- ¿ Olvidarme de ti ? Nunca, jamás,  mi cielo. Me llaman por el busca, más tarde te llamo
- Anda, corre, ve y no te preocupes.

Cada vez que le tocaba guardia de noche, lo pasaba inquieto, con preocupación por si su mujer le necesitaba y no estaba con ella.  Cuando más disfrutaban era,  al caer la tarde. Se sentaban en el pequeño jardín de la casa y contemplaban la puesta de sol abrazados  Lejos de distanciarles la separación les había unido aún más. Lo tenían todo, eran absolutamente felices, tan sólo les faltaba  el "bicho",  como cariñosamente llamaba Jack al niño, y  que en breve nacería.

Ni siquiera se habían planteado mudarse de domicilio a otra casa más cerca del hospital. Les gustaba aquel pueblecito pequeño, de gentes alegres y cariñosas. Se encontraban a gusto y cerca del mar. El lugar de trabajo de Jack no estaba muy lejos de Fowey, en apenas quince minutos llegaba a él, por tanto no era inconveniente.  Jack había hablado con Philip para que tuviera todo preparado, ya que  Philip es el que había llevado el embarazo de Ingrid a su regreso a Fowey.

- Tranquilízate, muchacho. Todo va bien, tu mujer es fuerte y está sana. No habrá problemas, tranquilo
-Si, pero si sales de fin de semana,  que yo pueda localizarte rápidamente
- Ja, ja ,ja. eres un cobardica. No pasará nada, confía en mi. Sois mis amigos ¿ crees que no voy atender bien a Ingrid?

Tenía los nervios a flor de piel y a medida que se acercaba el día, iban en aumento.  Se cuidaba mucho de que ella no se diera cuenta de la preocupación que sentía.

  Le  conocía bien y sabía que no estaría tranquilo hasta que naciera Albert, pues así habían decidido que se llamara, en homenaje al abuelo paterno, ya fallecido.

Aquella mañana, Ingrid se encontraba rara. El vientre lo tenía más bajo. Sus cara se había hinchado ligeramente y había empezado a sangrar débilmente, señal inequívoca de que la hora se acercaba; quizás ocurriera esa misma mañana.  Dudaba en advertir a Jack, aún era pronto y éste se preparaba para dar su paseo por la playa

- Cariño, no tengo ganas de andar. Hoy no me apetece salir
- ¿ Por qué, te encuentras mal ? Sabes que Philip te ha dicho que los paseos facilitan el parto. O es que...
- Creo que sí, mi vida.  Creo que Albert va a empezar su viaje de un momento a otro.
- Voy por el coche - Jack nervioso buscaba apresuradamente las llaves que no sabía dónde las había dejado
- ¡ Qué torpe soy, Dios mio.! ¿ Dónde las habré puesto ?
- Tranquilo, mi amor que hay tiempo. Mira allí están - dijo señalando el lugar en donde siempre las dejaba

Ingrid también estaba nerviosa y sentía temor por lo que se avecinaba, pero ni se la ocurría comentarlo.  Por fin estaban instalados en el coche, después de que Jack avisara a su amigo Philip

- ¿ Tiene contracciones?
- No, al menos no se queja
- Pues entonces venid tranquilos. Hay tiempo de sobra. El parto no ha empezado

Ya llegaban al hospital. La carretera se les hizo interminable, pero aún se puso más nervioso, cuando nada más sentarla en la silla de ruedas, Ingrid sintió que de su cuerpo salía como una fuente de líquido incontrolable:  había roto aguas

- Vamos rápido, rápido - decía el celador que empujaba la silla de Ingrid

Jack cogía su mano y corría a la par dirigiéndose al paritorio.  Philip ya estaba preparado.

- Jack estate a mi lado. Te necesito dentro, ayudándome - dijo a su marido con voz suplicante que se resistía a entrar en el paritorio.  Las contracciones habían comenzado
- No me pidas eso, por favor. No podré verte pasar el mal rato- replicó Jack
- Pero yo te necesito, ahora más que nunca. ¡ Ay Dios mio, qué terrible !

Miró a su mujer que tenía la cara contraida por el dolor, y no lo dudó más: tenía que estar a su lado, no sería un estorbo.  La secaría el sudor y la sostendría cuando empujase con la expulsión



- Prepárate Jack, vas a ayudarme. Ya casi está aquí. Viene rápido. Ni siquiera podemos anestesiarla - le dijo Philip - viene con prisas

Jack no replicó, no dijo nada.  Como un autómata actuaba eficientemente al lado de su amigo.  Ingrid le veía hacer satisfecha por su reacción: se había recuperado, había vuelto a ser médico y sería el primero que cogiera a su hijo al nacer.

Albert nació sano, fuerte y con carácter, y efectivamente Philip le dejó que tomará a su hijo por la cabecita y le ayudara a salir del claustro materno.  Lo depositó sobre el vientre de su madre que lloraba de emoción, y él muy serio y emocionado les contemplaba como si no fuera real lo que acababa de vivir.  Besó a su mujer y a su hijo, y fue entonces cuando se dio cuenta de que todo había terminado felizmente y abrazaba a su familia - " ¡no ha ocurrido nada !"- repetía mirando a su amigo.  Por fin aliviando la tensión rompieron a reír ambos médicos abrazándose

- ¡ Eh ! que a quién tienes que abrazar es a tu mujer.  Ha hecho un buen trabajo y te ha dado un hermoso hijo. Enhorabuena amigo. ¡ Por fin ya sois padres !
- Felicidades, mi amor, felicidades. Me has dado un hijo perfecto y precioso - decía besando a Ingrid
- ¿ Está bien, Jack ? ¿ es normal, está completo ?
- ¿ Que si está completo ? Completísimo mi amor. Ahora nos lo tenemos que llevar al pediatra para su examen.  Yo me quedo aquí contigo, aún no se ha terminado.  Todavía te queda pasar un mal rato, pero será breve. La expulsión de la placenta.
- No importa, rey mío. Si tú estás a mi lado, soportaré todo. Te quiero Jack, te quiero.

Albert


Ingrid agotada, dormitaba ya en la habitación cuando subieron al pequeño. Era una bolita de piel algo tostadita como la de su madre, pero una pelusilla entre rubio y pelirrojo hacía que su padre riera orgulloso

- Mira mi vida, si hasta tiene pequitas como yo- decía feliz a su mujer
- Si cariño, será un inglesote como tú. ¿ Puedo dormir un ratito ? - suplicó a Jack
- Un poquito más mi amor, mantente despierta un porquito más y después dormirás todo lo que quieras.  Sobretodo no separes las piernas en algunas horas
- ¿ Por qué tengo que permanecer así ?
- Por precaución mi amor.
- De acuerdo rey. Dame a mi "bicho", le quiero besar.

Al sentir el calor de la madre, el pequeñín tranquilo se quedó dormido, mientras Jack les miraba inmensamente feliz.  Dos días después salían los tres del hospital rumbo a su casa. Habían de comenzar una nueva experiencia con su hijo en el hogar, y no sería tarea fácil para Ingrid, dado que no tenía experiencia alguna como madre.

Ingrid se sentía desbordada por la situación.  Era novata y aún no conocía bien las costumbres que poco a poco iba imponiendo el chiquitín.  Era tragoncete y cada tres horas, exactas, reclama el pecho de su madre.

 Apenas le daba tiempo para hacer lo imprescindible ya que había que bañarle, vestirle, darle de mamar, y algunas veces volverle a limpiar de nuevo después de estar bañado, porque las necesidades fisiológicas no venían cuando la mamá quería, sino cuando su cuerpecito lo demandaba.  Algunas veces llegaba Jack del trabajo y la encontraba muy apurada, pues en toda la mañana no había dejado de llorar.

- Da unos gritos desgarradores - comentaba a su marido muy acongojada
- Vamos a ver, cielo.  Tendrá gases. Es la forma que tienen los bebés de hacerse notar cada vez que les ocurre algo.  Ten un poco de paciencia, ya le irás conociendo
- ¿ Y cómo lo sé? Soy una mala madre que no conoce a su hijo
- Ven aquí-decía con calma abrazando a su mujer- Es normal, eres primeriza, y habéis de acoplaros.  Dentro de unos días te habrás hecho con la situación; es pronto, ya lo verás. Mira 

Depositó al bebé sobre la cama y comenzó a masajear su tripita.  Advirtió a Ingrid

- Mira cuando llora tan fuerte, si ya ha comido,  y al tiempo encoge sus piernecitas, es debido a que tiene gases y le duele la tripita. Da unos masajes en el vientre, suavemente hasta que expulse el aire. Después de amamantarle ¿ le sacas los gases? Ponle sobre tu hombro dándole unas palmaditas en la espaldita y te asombrarás del erupto que suelta.  Mi amor son pequeños trucos que poco a poco irás aprendiendo.  No te entristezcas, eres la mejor madre del mundo.  Yo te ayudaré mi vida.  Sabrás distinguir el llanto cuando tiene hambre, del que  hace cuando tiene alguna molestia. Ten paciencia, cariño.

Ella se reclinó sobre el pecho de su marido rompiendo en sollozos apenada por lo inexperta que era.  Creía que no sabía cuidar a su hijo.




Comenzaba a sufrir la depresión post parto inevitable en casi todas las mujeres.  Desean ser perfectas en la protección de su bebé y nada les es suficiente para lograrlo, siempre piensan que lo hacen mal,  porque es tanto el amor que sienten que nunca es bastante en el cuidado de su hijo

Jack trataba de consolarla, pero le preocupaba la depresión que pudiera sufrir su mujer. Con motivo de su trabajo, pasaba mucho tiempo sola, y decidió contratar a una muchacha que la ayudase con el niño.  No había nada que Jack no hiciera por ella. Le preocupaba que siempre estuviera encerrada en casa, pendiente del niño. No salían  ni frecuentaban a sus amigos, desde que nació Albert.  Le daba la impresión de que estaba obsesionada; tenía miedo a quedarse sola con el niño, y no se movía de su lado por temor a que pudiera ocurrirle algo.  Algunas veces, arrodillada junto a su cuna le hablaba como si el niño pudiera entenderla

- ¿ Sabes, mi cielo ? yo era una chica estúpida que renunciaba a lo más valioso que tiene un ser humano: su familia.  Estuve a punto de perder a papá y por tanto de perderte a ti. Papá tuvo paciencia y supo conquistarme y ahora estoy orgullosa de vosotros.  Daría mi vida por ti y por él, no hay nada que se pueda comparar a la felicidad que siento al teneros a los dos.  Me da miedo no ser merecedora  de tanta dicha - y de repente, rompía a llorar sin saber muy bien porqué.

Pasaban los días y la depresión se acentuaba en ella. Físicamente se veía gorda. Había perdido su cintura con el embarazo y hasta el gusto por vestirse. " Cada dos por tres estoy con el pecho fuera, un pecho enorme..." - lloraba mirándose en un espejo. 

Jack consultó con un compañero de hospital sobre el problema que padecía Ingrid

- No te preocupes. Es algo muy común en las mujeres primerizas después de dar a luz. A medida que coja confianza en si misma, se la irá pasando. En cuanto recupere su forma física, ya no se encontrará tan horrorosa- comentó el psiquiatra

Pero a Jack le preocupaba, y mucho.  Al llegar a casa la encontraba malhumorada, despeinada y poco habladora. Había algo que no se le podía criticar y era el especial esmero que ponía en que el niño estuviese atendido al máximo.  Había controlado los entuertos del pequeño y cada día que pasaba era más experta.  No era ese el problema, entonces ¿ qué la ocurría ?  El anuncio que había puesto en el tablón de  del hospital solicitando a una mujer para que la ayudase en el cuidado de Albert, había dado sus frutos y Daphne, una mujer de mediana edad experta enfermera de muchos años, había concertado una entrevista con el matrimonio.  Todo era perfecto: Albert estaría atendido por las dos mujeres, pero Ingrid tendría más tiempo libre para cuidarse de ella.

Después de algún tiempo, decidió acudir a un gimnasio para recuperar su silueta.  Debía atender también a su marido, que hasta entonces le había dejado un poco de lado.  Aprovechaba cuando el niño dormía después de desayunar para hacer ejercicio. Y eso hizo que fuera recobrando poco a poco el carácter  afable y alegre de antes del parto.

Todo transcurría normal y el tiempo hacía su andadura.  Albert celebraba su primer aniversario y la casa se vió invadida  por los niños de los compañeros de Jack. Una barbacoa, piñata y la consabida tarta hicieron las delicias de todos los asistentes.  Recibió infinidad de regalos, peluches deliciosos . Hubo uno que llamaba  especial atención de todos por su gran tamaño: un oso panda enorme.   Parecía iba a ser el preferido del pequeño Albert , pero era anónimo.  Nadie conocía a quién había firmado la tarjeta, sólo Chr.  Jack, sin poderlo asegurar, se imaginaba de quién era: Christine.
Ocultó a su mujer la remitente, y argumentaba " será de algún paciente agradecido".  Pero Ingrid no se quedaba conforme, le parecía extraño su forma de actuar, máxime porque le notaba algo nervioso cada vez que hacían referencia al regalo.



Decidió hacerse el encontradizo con su antigua novia, y trataría de sonsacarla si ella había sido la protagonista del regalo.  No entendía el porqué lo había hecho; había quedado todo muy claro entre ellos y no estaba dispuesto a que hubiera interferencias en su matrimonio, ahora que, por fin, Ingrid estaba casi recuperada de su depresión.  No comentó nada con su mujer para no inquietarla.  Tras una llamada telefónica, Jack quedó citado con Christine.  Quería agradecerla el regalo a su hijo, pero también averiguar qué significaba aquello, ya que desde que se uniera a Ingrid no se habían visto.

La citó en la cafetería del hospital, toda vez que tenía guardia y no podía moverse de allí, y tampoco deseaba que el tiempo pasara sin saber lo que sucedía.  Algo en su interior le avisaba de algo que no podía concretar, pero que le hacía permanecer alerta.

- Christine ¿ cómo estás? - fue el saludo acompañado de dos ligeros besos en las mejillas de ella
- Bien Jack, estoy bien.  Me preguntaba si imaginarías quién había hecho el regalo al pequeñín. Ya veo que sí, que aún no me has olvidado
- Te tengo afecto.  Fuiste generosa conmigo, pero desearía que no lo tomes como una vuelta al pasado, porque eso no ocurrirá.  Amo enormemente a mi mujer y a mi hijo, y soy el hombre más feliz del mundo.  Por nada ni nadie perdería a mi familia, y si retomásemos una amistad ya extinguida seguro que pasaría.
- Nunca ha sido esa mi intención - replicó ella, ocultando la verdad-  Solamente deseaba conocer a Albert, te lo aseguro
- Me alegro que sea así. Solamente quería dejar las cosas claras entre nosotros.  Mereces ser feliz.  Y ahora discúlpame, pero debo volver.  Estoy de guardia
- Bien.  Ya he recogido el guante y no te preocupes no te volveré a molestar
- No. Te agradezco el regalo, pero te conozco lo suficiente como para saber que  tu intención es otra. Te ruego disculpes mi brusquedad, y el que te hable con tanta claridad.  No voy a dejar a mi mujer.  Nos queremos y somos felices. Nadie mejor que tú para saber lo que ocurrió entre ella y yo.  Todo está solventado y olvidado.
Christine



 
 


Jack se perdió en el interior de la cafetería para acudir a su trabajo.  Christine le vió irse con una sonrisa que podía expresar algo difícil de descifrar.

Cuando al día siguiente Jack volvió a casa, contó a Ingrid el encuentro del día anterior y ella torció el gesto, pues no veía claro la intención que le había movido a regalar al niño ese enorme osito, que ni siquiera podía manejar

- Quería hacerse notar - es lo que comentó a Jack
- Yo creo que no, sencillamente  deseaba obsequiar a Albert
- Eres un inocente, y no conoces a una mujer resentida.  No me gusta nada que mantengas amistad con ella.  No me fío.
- No seas tonta, mujer.  He dejado muy claro que no tiene nada que hacer
- Humm... No me gusta, no me gusta nada - y dando la espalda a su marido le dio las buenas noches dispuesta a dormir
- Yo también me acuesto.  Estoy cansado.  Tuvimos urgencias movidas. Espérame, voy contigo.

Ingrid se desveló con la confidencia que le había hecho Jack.  Algo en su interior la decía que estuviera sobre aviso.  No se fiaba de esa mujer, aunque en un principio al dejar la relación se quedara conforme.

- Anda, ven aquí. Estás muy segura de lo que te quiero. Buenas noches mi vida, duerme bien- dijo a su mujer al tiempo que la besaba.  No tardó mucho en quedarse profundamente dormido; estaba muy cansado

Ingrid por el contrario no podía dormir.  Se levantaba constantemente y acudía hasta la cuna de Albert que dormía tranquilito.  Pero la verdad es que algo la inquietaba.  Decidió que iría a buscar a su marido al hospital, siempre que no tuviera que hacer guardia.  Evitaría la oportunidad de que se vieran nuevamente.

Habían pasado dos meses desde este hecho, cuando Ingrid recibió una llamada desde España.  Era del marido de su madre y le anunciaba que iba a ser sometida a una intervención quirúrgica de gravedad.  Deseaba verles, especialmente al niño, por lo que pudiera ocurrir

- ¿ Pero de qué se trata ? - dijo angustiada a su padrastro
- Las pruebas  dicen que se trata de un tumor cerebral de difícil acceso, y no saben, hasta que no operen  si hay extensión.

Cuando Jack llegó a su hogar, se encontró a Ingrid muy preocupada y llorando.  Era una noticia no esperada.

- Debes ir y llevarte a Albert.  Me reuniré con vosotros lo antes posible; he de programar las operaciones, pero debes acudir cuanto antes

Organizaron el viaje y partieron hacía España, dos días después.  Se reuniría con ellos lo antes posible.  Ingrid llegó antes de que ingresara en el hospital.  La operación estaba prevista  para una semana después, pero debían ingresarla para el pre-operatorio.  Jack llegó a tiempo y consultó con sus colegas el pronóstico que tenían, y que no era muy halagüeño.  Le dieron la oportunidad de estar en quirófano con ellos y sería el portador de las noticias, a medida que transcurriera la intervención.

Madre de Ingrid


La suerte estuvo de su lado y a pesar de ser complicada por la situación del tumor, no había metástasis y después de diez días de ingreso, la dieron el alta para seguir recuperándose en casa.

Jack  regresó a casa , pero Ingrid y el niño permanecerían junto a ellos hasta estar recuperada totalmente.  La madre de Ingrid era feliz con su nieto y con su hija, pero el tiempo pasaba y debían partir.

- Hija, yo desearía que permaneciérais aquí toda la vida, pero debes regresar a casa, junto a tu marido,  que te necesita.  Tiene un trabajo difícil y el que tu estés allí hace que pueda descargar la tensión acumulada.  Te necesita y te echará de menos.  No hay nada más que miraros para saber lo unidos que estáis.  Tu marido es muy guapo y debes estar cerca...
- ¿ Por qué lo dices, mamá?
- Yo cometí errores sin darme cuenta de que los hombres son muy vulnerables.  El resultado ya lo sabes. Tenemos una buena amistad, pero mucha culpa de lo que ocurrió la tuve yo, aunque no me diera cuenta de ello, entonces.  Por eso te advierto, no le dejes solo mucho tiempo.

Entonces vino de nuevo a su memoria el encuentro con Christine y su presentimiento de que había un doble sentido en ella.

Cinco días después un coche la dejaba frente a su casa. Volvía al hogar, junto a Jack, que seguramente estaría en el hospital.  Al entrar, notó demasiado orden en él. Jack no es que fuera muy ordenado, por eso la extrañó que todo estuviera en su sitio.  No le gustó nada aquello.  Dejó en el suelo a Albert, cuando oyó abrirse la puerta de la calle y unos tacones repiquetear en la entrada.  De buenas a primeras se encontró frente a frente a una mujer que no había visto nunca, pero que adivinaba se trataba de Christine

- ¿ Quién es usted? - preguntó malhumorada
- Seguro que eres Ingrid. Yo soy Christine, y he venido estos días a echar una mano a Jack.  Sabes que no es muy ordenado y deseaba que todo estuviera  en su lugar para cuando tú llegases
- Es muy amable de tu parte. No tenías que haberte molestado, ya lo hubiera hecho yo a mi llegada.  No obstante, te lo agradezco, pero ya no es necesario que te molestes
- ¿ Me estas diciendo que me vaya?
- Pues ... si.  Creo que si. Debes irte
- Francamente no esperaba algo así.  Lo he hecho con la mejor intención
- Y yo te lo agradezco, pero te repito, ya estoy aquí
- Muy bien.  Cuídale, le tienes algo descuidado
- ¿ Qué es lo que dices?  No sabes nada de nuestra vida. Atiendo perfectamente a mi familia, y no eres tú la indicada para decir nada al respecto
- El no es todo lo feliz que debiera. Te quiere demasiado, por eso calla, pero ...
- Hemos terminado esta conversación.  Por favor sal de mi casa

Christine abandonó la casa, pero había sembrado la cizaña de la desconfianza.  Ingrid estaba deseando que llegara Jack; tenía que aclarar muchas cosas con su marido.  La rabia y la desconfianza la torturaban y aún había de esperar para que Jack llegara.  Se alegraba de no haberle advertido de su regreso.  ¿ Deseaba pillarle in fraganti ?  No debía desconfiar de él; seguramente habría una explicación.

Ajeno a todo, Jack introdujo la llave en la cerradura y al notar que no estaba echada, abrió la puerta llamando a

- Christine, Christine ¿ dónde estás?

Una Ingrid con el rostro descompuesto salió a su encuentro.  Se confirmaba la semilla que había sembrado unas horas antes: su marido la engañaba con su antigua novia

- ¡ Cómo has podido hacerlo !
- ¡ Ingrid, mi amor ! ¿ Cuándo has llegado y por qué no me has avisado?
- ¿ Para qué, para que no te pillara?
- ¿ Qué dices? no te entiendo
- Llegué esta mañana y mi sorpresa ha sido grande cuando otra persona ha visitado esta casa para "atenderte". ¿ En qué te ha atendido, eh?
- Nadie me ha atendido. Christine se ofreció a arreglar la casa y hacerme la comida mientras estabas ausente, nada más ¿ que piensas, que me he acostado con ella? ¿ es eso ?
- Pues si, es eso.  Al menos es lo que me ha reprochado. ¿ Quién es ella para reprocharme nada? ¿ Qué le has contado de nuestra vida ?
- Nada. No la he contado nada... Se trata de nuestra vida y no voy hablando con nadie de lo que solamente nos incumbe a nosotros.  Nunca me he sentido desatendido, no tengo motivos para ello
- Jack, ¿ qué has hecho, qué has hecho?
- Nada, no he hecho nada.  Pero ¡si a penas nos hemos visto en todo este tiempo!  Es injusto lo que dices.  Sabes que sois mi vida

El niño con su llanto interrumpió la discusión.  Era una pelea muy fuerte, como nunca habían tenido.  Ingrid se sentía traicionada, y Jack no sabía cómo apaciguar a su mujer.  Era inocente de todo lo que le acusaba, pero comprendía que ante sus ojos le hiciera aparecer culpable.  No sabía cómo arreglar aquel brote de celos de Ingrid, aunque quizás no la faltara razón para suponer lo que no había ocurrido.  Recordó su encuentro que Christine después del cumpleaños de Albert y se dio cuenta de que era parte de un plan tramado por su antigua novia.  Pero no se saldría con la suya, no le robaría la felicidad que había alcanzado con Ingrid y,  con resolución la dijo

- Ven - levantando al niño del suelo que no cesaba en su llanto, le besó
- ¿ Dónde me llevas ?
- A que ratifique delante de mi lo que te ha hecho creer. No se puede quedar así

Llegaron frente a la casa de Christine, que salió a recibirles con extrañeza

- ¿ Qué ocurre Jack ?
- Eso dímelo tú ¿ Qué pretendes ? Te  dejé muy claro que amaba a mi mujer y a mi hijo y no perdería a mi familia
- ¿ A qué viene eso ahora? Ya lo sé...
- Tú insinuaste que teníais una relación - dijo Ingrid
- Debes haber perdido el juicio. Jamás te dije nada
- Además de falsa eres cobarde.  Te has visto pillada en tus propias mentiras.  Has sembrado malestar entre él y yo, pero ¿ sabes qué ?  No lo has conseguido.  Quiero a mi marido y él me quiere a mi.  Es mejor que te olvides de nosotros para siempre.





De nuevo en su hogar, y después de acostar a Albert, el matrimonio solucionaba sus problemas quedando claro que todo había sido una patraña.  Recordó los consejos de su madre y pensando en voz alta, repitió " nunca volveré a dejarte solo "
-Mi amor, nunca nadie ocupará tu lugar.  Eres el amor de mi vida, siempre lo has sido y deberías saberlo y no desconfiar
 de mi
-Ya lo sé, pero lo dijo tan segura... y hacía tantos días que no estábamos juntos... Perdóname Jack, no volverá a ocurrir
- Dicen que lo mejor de las peleas está en la reconciliación - dijo riendo al tiempo que la besaba




Nueve meses después llegó Sara.  Una preciosa muñeca que les colmó de alegría.  Christine salió del lugar al día siguiente del hecho y nunca más supieron de ella.

A día de hoy, Jack es jefe de equipo de cirugia, Ingrid trabaja en un despacho de abogados de Fowey.  Albert y Sara van a la guardería y en menos de tres meses vendrá  uno nuevo bebé  a la familia.

La madre de Ingrid junto a su marido les visita en Inglaterra y pasan con ellos el verano disfrutando de la compañía de sus nietos.  Piensan quedarse hasta que Ingrid dé a luz nuevamente.  Siguen amándose y son plenamente felices.

Chatean con sus amigas, que menos Carmita, que permanece soltera,  pero en pareja, se han casado y son madres de familia.  Marta va por el cuarto hijo y ahora viven en La Toscana y Guilio se encarga de una empresa vinícola que atiende junto a sus hermanos

De vez en cuando recuerdan la forma en qué se conocieron y ríen felices pensando en que Ingrid no quería saber nada de familia, y ya tienen tres hijos, de momento...







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