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viernes, 14 de junio de 2013

LA CARTA - Capítulo 11º / Romper barreras

Azucena no soltaba la mano de Pablo. Tenía miedo a la posible hostilidad que encontrase, estaba nerviosa, y necesitaba sentir el contacto de él para tener seguridad.  El sabía las incertidumbres  que tenía. Acariciaba su mano y la sonreía infundiéndola ánimo.  El trayecto desde donde habían dejado el coche hasta la puerta de Ingrid, era pequeño, pero para Azucena la distancia era enorme.
 

 

Fue la propia Ingrid quién abrió la puerta al pulsar el timbre.  La recibió sonriente y muy cariñosa, abrazándola, la decía:

- Bienvenida, querida. Estás en casa
- Gracias Ingrid. Tenía muchas ganas de conocerte y he de decir que se quedó corto en los elogios.  Eres muy amable
- Pasad, todos os esperan

Al entrar en la sala, todos aplaudían contentos. Todos, excepto María.  La mirada de Azucena fue directamente a ella y al ver que la chica estaba tan seria, se borró su sonrisa, gesto que no pasó desapercibido para Pablo.  Ahora ya tenía la confirmación del problema: María no la aceptaba.

Le habían preparado una gran recepción.  Una mesa exquisitamente puesta. Se notaba que era un día especial.  Después de tomar un aperitivo, todos se sentaron para deleitarse con la comida que con tanto empeño había preparado Ingrid.
 
 

La sobremesa se prolongó hasta media tarde, en que Pablo consiguió rescatar a Azucena de la familia, que la preguntaban de todo y por todo.  No había duda de que les había caído bien y ella se había volcado con el pequeñín de la casa.  Sentía especial inclinación por el niño, pero nadie ´conocía el motivo.
 
Ya a solas en casa de Pablo, pudieron expresar libremente  el cariño que sentían. El le hacia miles de preguntas, y la tranquilizaba.  Ella, aunque menos, aún seguía intranquila.  Aún debía comunicarle su embarazo.  No veía el momento de hacerlo.  Pablo la miraba, la acariciaba, la besaba, como para convencerse que estaba allí a su lado.  Tumbados uno junto al otro, con sus manos enlazadas, y después de haber expresado su amor, Azucena se decidió a decírselo
 

 

- Pablo, tengo algo que decirte
- Pues dímelo, bien mio

Ella le miraba con preocupación y guardaba silencio

- ¡ Vanos, dime lo que sea ! ¿ Qué te pasa?
- Quiero que sepas, que lo que voy a decirte no te obliga a nada...  Estoy embarazada
- ¿ Qué ?
- Lo siento, lo siento...- Ella interpretó que esa pregunta no era de incredulidad, sino de rechazo
- ¿ Que lo sientes, qué es lo que sientes?  Es el mejor regalo que podías hacerme ¿ no te alegras de tener un hijo mio?
- ¡ Claro que me alegro !, pero no sabía si entraba en tus cálculos el tenerlo.  Ya tienes dos hijas, y posiblemente no lo acepten.  No deseo crearte problemas.  De cualquier forma lo voy a tener
- Naturalmente que lo vamos a tener.  Nos casaremos y formaremos nuestro hogar.  Me dolería mucho que las niñas no lo aceptasen, pero el bebe que viene, también es hijo mío...  Hablaré con ellas, y estoy seguro de que no habrá problemas.  Quizá al principio  les cueste un poco, pero seguro que después estarán encantadas.
- ¿ No crees que debería ser yo quién hablara con ellas?
- Posiblemente, pero después de que yo les explique que vamos a casarnos.  A ti te dejo el anuncio del bebe. Y dime cariño ¿ para cuando...,   de cuánto estas?
- He pasado los tres meses. No pude venir antes porque el médico no me lo recomendó
- ¿ Por qué no me lo dijiste en cuanto lo supiste?
- Quería estar segura,  esta vez,  y por otro lado no sabía tu reacción
- ¿ No lo sabías ?... Pero si estoy loco por ti, cómo no iba a querer ese niño.

Se abrazaron emocionados.  En parte se había solucionado un problema, pero faltaba aún la parte más difícil: decírselo a Lizzy y María.
 
 

Hacía tres días que Pablo no veía a sus hijas.  Aunque no dijo nada, Azucena sabía que el motivo era ella.  Ponía su mayor esmero en que la casa estuviera atendida, prepararle alguna comida que le gustara...  No le faltaba su cariño ni una  sonrisa al recibirle a su vuelta a casa del trabajo, pero le dolía el desaire de las chicas hacia su padre,  que no comprendía. 

Aprovechó  que Pablo llegaría más tarde,  resuelta se dirigió a casa de Ingrid. Hablaría con la madre de las niñas y después con ellas

- ¡ Hola, qué alegría verte por aquí !-  fue el recibimiento de Ingrid a Azucena-  ¿ Te encuentras bien, te pasa algo?
- No, todo va bien, pero quería hablar contigo
- Claro, ven aquí.  Estamos solas; las niñas han ido a casa de una amiga y mi marido vendrá más tarde.  Espérame un segundo que acueste al niño y,  soy toda tuya.

Ingrid preparó un té y ambas mujeres se acomodaron.  Azucena fue la primera en entablar la conversación

- Ingrid, ignoro si Pablo te ha contado algo acerca de nuestra relación.  Nos conocimos en el instituto, muy jóvenes.  Inmediatamente conectamos, él era ... ¡ tan seductor ! Me enamoró inmediatamente, y el último día de curso fuimos a su apartamento... Pablo fue el primer amor en mi vida, el primer chico que me besó, el primero que me enamoró y el primero al que me entregué.  No fui seducida, era consciente de lo que hacía, pero quise hacerlo.  Le quería,  nunca había sentido algo parecido, y él me correspondía.  Sólo deseábamos, necesitábamos,  estar juntos y hacíamos planes de futuro.    Sufrí un retraso, e inmediatamente pensé que me había quedado embarazada.  En aquella época él era un desastre:  desordenado, tenía la casa hecha una pocilga, en fin... Esa fue la excusa para entablar una discusión tremenda.  Le reproché que me dejara embarazada, que no hubiera tomado precauciones, y no sé cuántas cosas más... Le dije que no quería saber nada de él...  Unos días después supe que todo había sido una falsa alarma...,  pero ya no pude localizarle.  Me escribió una carta, que aún conservo, en la que me anunciaba que adelantaba su viaje a América, que me casase con un amigo que andaba tras de mí, etc. etc.  Pasó el  tiempo, y  me casé con Luis.  Fuimos felices; él sabía que yo no estaba enamorada , que mi amor era Pablo, pero llegué a quererle y respetarle.  Fue bueno y paciente conmigo, pero nuestra felicidad no llegó a tres años. Un cáncer de vejiga se lo llevó rápidamente.  En repetidas ocasiones él me había pedido que le diera un hijo, y yo siempre lo demoraba...,   no me dio tiempo a complacerle.  Aquí tengo la carta de Pablo.  Quiero que la leas.  Léela, por favor

Ingrid, estaba sobrecogida por el relato de Azucena y que ella desconocía.  Pensaba que su relación era reciente, originada en el crucero.  Pablo siempre había sido muy reservado con su vida anterior a ella.  Por fin la conocía de boca de la otra protagonista.
Lentamente leyó la carta y al finalizarla, tenía los ojos vidriosos y Azucena lloraba pausadamente.  Sin duda le había vencido la emoción
 
 

- Querida, yo no tenía ni idea de todo esto.  Ahora me encajan muchas piezas del puzzle.  Deja que te abrace
- Gracias, Ingrid. ¿ Quieres ser mi amiga? Aquí no tengo a nadie, y tengo un frente abierto muy complicado
- ¿ A qué te refieres?
- A las niñas.  No me aceptan.  Ellas no admiten que su padre esté enamorado...  Pero hay algo más...
- ¿ Algo más ? Dímelo...   puedes contar conmigo
- Verás...  Como imaginarás, cada vez que nos hemos visto, hemos tenido relaciones sexuales, y yo .... voy a tener un hijo suyo.  Y lo voy a tener, deseo tenerlo. Aunque se oponga el mundo entero,  lo tendré
- Pues claro que si ¿ por qué no iba a ser así ?
- Se lo dije a Pablo la noche de mi llegada y ahora lo sabes tú, nadie más.  Creí debía explicarte todo lo que te he contado.  Como parte interesada tenias que saberlo
- Me alegro que hayas tenido conmigo esa confianza, pero se trata de vuestra vida.  Yo tomé mi decisión y no me arrepiento en absoluto.  Julio es un buen marido, estamos enamorados y tengo un hijo precioso.  Con las niñas se comporta muy bien, y nos llevamos bien Pablo y yo, incluso mejor que antes.  No tengas miedo.  Yo os apoyaré.
María es buena, pero tiene ese puntito de sangre latina que le hace muy impulsiva y a veces grosera.  Lizzy, hace lo que dice su hermana, pero puedo asegurarte que no son malas chicas.  Creo debes hablar con ellas a solas,  las tres, y  explicarles todo claramente como lo has hecho conmigo, sin tapujos.  Ellas son mayores y saben que los niños no vienen de Paris. Después los cuatro juntos exponer   los reproches que tengáis cada uno... en fin, debéis sacar fuera todo lo que os duela, y dar por finalizadas las hostilidades...  Ese es mi consejo y sabed que contáis con mi ayuda para todo.

Antes de marcharse de la casa de Ingrid, llegaron las chicas como un ciclón, pero al comprobar que estaba Azucena, cambiaron de actitud radicalmente.  Ingrid se dio cuenta de  ello, y llamando a sus hijas les anunció:

- Chicas, Azucena tiene algo que contaros.  Así que sentaros aquí y escuchadla mientras yo preparo algo de merienda.  Vamos, sentaos...
 

 
 

María
 
Lizzy
 

Azucena no sabia cómo empezar y por ello comenzó tratando de averiguar el motivo por el que estaban tan hostiles con ella.  A las chicas les costó empezar a  hablar.  Las escuchó atentamente y cuando ellas expusieron sus quejas, Azucena les dijo:

-Yo amo a vuestro padre y él me corresponde.  Lo nuestro comenzó hace mucho tiempo, cuando éramos algo mayores que vosotras sois ahora.  No empezó en el crucero... A pesar de que daría mi vida por él, si eso supone que le neguéis el saludo, yo me retiraré y daré por terminada nuestra relación.  Estos días en que ni siquiera le habéis llamado, ha sufrido, porque os adora, y no hay nada ni nadie que le haga dejar de quereros.  Os voy a contar todo... absolutamente todo tal y como ocurrió en nuestras vidas, y lo que va a ocurrir en un tiempo ...  Si después de haberme escuchado seguís pensando lo mismo, volveré a mi país, y jamás volveréis a saber de mi.

Azucena, al igual que hiciera con Ingrid, empezó a relatarles la elación que uniera a su padre y a ella, hace mucho tiempo.  Al terminar el relato, se hizo un silencio tenso.  Lizzy la miraba con especial atención, sin embargo María, había reforzado aun más su rechazo, y la dejó helada cuando dijo

- ¡ Qué vas a tener un hijo ! ¿ de mi padre ?  No ni hablar.  Mi hermano es Julito, tu hijo no tendrá nada que ver ni conmigo ni con mi familia.  No lo miraré siquiera, aunque él no tenga la culpa de nada, pero no le querré nunca- dando media vuelta, salió de la estancia, dejando a Azucena y a su hermana sin palabras.

Al sentir el portazo de María, Ingrid acudió a la salita.  No le hizo falta preguntar. La desolación más absoluta se reflejaba en el rostro de Azucena y la incredulidad en el de Lizzy.

- Me voy, Ingrid. Se ha hecho muy tarde.  Gracias por todo, de verdad me has ayudado mucho
- No te disgustes.  Conozco a mi hija y sé que se le pasará.  Hablaré con ella ...
- No, déjalo estar.  Ha expresado su pensamiento. Sólo te pido que Pablo no se entere  de lo ocurrido.  No es necesario que sufra más de lo preciso.  Estaré unos días más y regresaré a Madrid
- No, no debes hacer eso...
- No puedo interponerme entre ellos. A la larga sería un problema entre nosotros y nadie sería feliz.  Al fin y al cabo son padre e hija, y todo lo olvidarán pasado un tiempo.  Pero si me rechaza, nunca tendremos un acercamiento.  No aceptará a su hermano, nunca.  Créeme, es mejor que me vaya.

Y dándose un abrazo, Azucena salió de la casa de Ingrid.  Cuando llegó Pablo, la encontró muy extraña
 
 
 
- ¿ Qué te ocurre ?
- Hoy no me encuentro bien.  Me está dando algo de guerra-dijo sonriendo.  No comentó nada del encuentro con sus hijas
- Anda acuéstate y descansa.  Supongo que tendrás muchos días así
- A propósito, Pablo.   He de regresar a España
- ¿Cómo que debes regresar?
- Si mi amor, me toca el control, y además... no puedo hacer un viaje tan largo en estado,  avanzado, así que me iré en unos días
- El control lo puedes hacer aquí, inclusive puedas dar a luz aquí también
- Pero yo quiero que sea español, de Madrid, y no debo demorar el regreso.  Espero que lo comprendas, mi vida
- Pues no, no lo comprendo...  así de repente... te entran estas prisas.  ¿ Ha pasado algo que no me quieres decir ?
- No ¿ qué va a pasar ?  Lo que ocurre es que hoy he estado pensando que el tiempo va muy deprisa y dentro de nada no podré viajar.  Allí tengo cosas que hacer, que disponer antes de dar a luz, en fin: la canastilla, las revisiones que serán más frecuentes a medida que se acerca la hora ...
- Pero aún falta mucho para eso.  Te dará tiempo de sobra.  No te vayas por favor.  No puedes irte ahora, yo te necesito aquí, a mi lado.  Sabes que no puedo ir con la frecuencia que quisiera. ¡ Ojalá pudiese viajar todos los fines de semana !, pero el proyecto que tengo entre manos requiere mi presencia y mi atención
- Lo sé, lo sé.  Pero es necesario que me vaya. No lo hagas más difícil ¿ Crees que yo no quiero estar a tu lado?
- Pero es que no lo comprendo. ¿ Tienen algo que ver mis hijas?
- ¡ Claro que no ! Hace días que no las veo.  Creo que están con exámenes
- ¿ En estas fechas? Me estás mintiendo. Algo ha pasado en el transcurso del día y no me lo quieres decir. Voy a ir hablar con ellas
- Es muy tarde.... déjalo para otro día.  Son adolescentes, y ya sabes  lo que ocurre en esa edad. Nosotros también pasamos por ello
- No, no me convences...- cogiendo su chaqueta dijo-  Ahora vengo
 
Dio un portazo y salió en dirección a casa de su ex mujer.  Tenía que aclararlo todo.  Sabía que Azucena no tomaría una determinación así, si no existía un motivo.

Pablo no lo comprendía.  No había mencionado su deseo de regresar. Se la veía feliz.  Sospechaba que algo había ocurrido, y lo averiguaría aunque Azucena no le dijese nada.  Pero Azucena siguió adelante con sus planes y preparó el regreso para la semana siguiente.  Habían pasado más de los cuatro meses y su cuerpo comenzaba a acusar su estado.  Sus caderas se estaban redondeando; ya no tenía náuseas, pero en su rostro había señales de que estaba encinta.  Lloraba por cualquier insignificancia, y Pablo conocía esos síntomas y no le extrañaron, lo que no sabía era el motivo que motivaba esa tristeza.  Ella seguía sin comentar nada, ni Ingrid tampoco. Azucena le había hecho prometer que guardaría silencio.
 
El encuentro entre padre e hijas, fue muy tenso. Le reprocharon se hubiera vuelto a enamorar, pensara en casarse, y lo peor engendrar un  hijo
 
- Sois crueles y egoístas.  Siempre me veíais aquí, pero nunca os preguntasteis si era feliz. Lo de Azucena y mío, no es una cosa pasajera. La he querido toda mi vida, y es la mujer que deseo me acompañe hasta el final de mis días. Y quiero y deseo ese hijo, y otros más que vendrán.  Vosotras en algún momento os iréis de casa, y entonces ¿ qué haré yo, qué hará ella? Nuestras vidas no han sido fáciles, por distintos motivos, y tenemos derecho a ser felices.  Yo lo sería inmensamente si la aceptarais. Ella es buena y dulce, y cuando os conozcáis más, os llevaréis mejor.  No os estoy diciendo que la consideréis vuestra madre, porque ya tenéis una, y es buena, y está siempre a vuestro lado.  Pero será mi mujer queráis o no.  Y si es necesario volveré a España y allí me quedaré, aunque me rompáis el corazón.  Pero el hijo que viene en camino, lleva mi sangre igual que vosotras y le quiero, y le querré como os quiero a vosotras, porque ha sido engendrado con un amor sincero y puro, aunque vosotras penséis que es una indecencia.  Pudimos hacerlo hace tiempo, pero la misma insensatez que ahora demostráis vosotras, se interpuso en nuestro camino y, creedme, pagamos un precio muy alto.  Cometimos un error y no estoy dispuesto a repetirlo.  Azucena se marcha dentro de unos días, y yo en cuanto termine el proyecto que tengo en manos, me reuniré con ella.  Quizá ni siquiera vea nacer a mi hijo porque no me de tiempo, pero no la dejaré. Tenedlo muy claro... y ahora creo que no tengo más que deciros.
 
Cuando llegó a su casa Azucena se había acostado.  Le aguardaba impaciente, pero sabía por las marcas de su rostro, que no había servido de nada la charla mantenida.
 






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