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jueves, 4 de julio de 2013

LA CAMPIÑA CUBIERTA DE BREZOS : Capítulo 2º



Después de repasar una y otra vez la solicitud y los documentos a adjuntar, Lola cerró el sobre y se dirigió a la oficina de correos para proceder a su certificación.  Al depositarla en el buzón dijo para sí " buena suerte".

¿ Por qué había dicho eso ?...  No estaba del todo decidida a abandonar el país, para ir en busca de una aventura impulsada por su buena amiga Charo.  ¿ Estaba dispuesta a abandonar su plaza de empleo en uno de los hospitales punteros de Europa?...  Sólo debía tener paciencia, y por delante un gran futuro.  Quizá en trasplantes,  en los que eran fuertes y con calidad, reconocido por todos... Pero le gustaba la inmediatez de los quirófanos de urgencias.  En cuestión de segundos podían decidir la vida o la muerte de una persona.  Se trabajaba con un ritmo frenético, pero eso a ella lejos de estresarla, la motivaba. 

La anoche anterior había hablado con Charo, y entusiasmada con su posible viaje, trataba por todos los medios que decidiera viajar como lo había hecho ella.  Estaba feliz, y había conocido a un médico encantador, y ya habían salido dos veces a cenar.

Aguardaría la respuesta sin impacientarse, y mientras se prepararía a fondo en el idioma,   por si acaso.

No tuvo que esperar tanto como lo hizo Charo.  Aceptaban su solicitud y la necesidad de presentarse cuanto antes en Londres.  Era primordial

- Se ve que les corre prisa- comentó sonriendo.

Se lo pensaría durante un rato mirando la carta de su aprobación.  Quería hablar con Charo, pero ésta estaba trabajando.  Dando unos golpecitos sobre sus dedos con el sobre inglés, se decidió

- Ea, me marcho

Y sin pensarlo más, marcó los números de teléfono que la indicaban y en unos instantes estaba hablando con la encargada de ese departamento.  La conversación se desarrolló normalmente:  la mitad en inglés y, cuando se veía perdida, en castellano.  No hubo problemas.  La señorita al otro lado del hilo telefónico hablaba castellano perfectamente.  Quedaron de acuerdo y a mediados de la siguiente semana, la recogerían en el aeropuerto para llevarla hasta su lugar de trabajo, que no sería en la capital, sino en una  ciudad de las cercanías de Londres.  Tendría preparado el alojamiento y allí recibiría un sobre con las instrucciones para la incorporación a su puesto de trabajo al día siguiente de su llegada.  Les era de extrema urgencia, ya que estaban faltos de personal,.

Y llegó a Londres, y allí la recogió un celador del hospital para llevarla hasta su domicilio en Playmouth.  La casa era confortable, sin lujos.  Tenía un saloncito, un dormitorio, con el cuarto de baño en él, la cocina y un porche que daba a un pequeño jardincito, que como todos los ingleses, estaba muy cuidado y con muchas flores. La gustó, aunque su recibimiento fue con lluvia, como era de esperar.

Una vez el celador la hubo dejado en su casa, llamó a Charo para anunciarla que ya había llegado y todo estaba bien. Quizás pudieran verse en el fin de semana, si lo tenía libre.

A pesar de la fina lluvia que caía, se fue a dar un paseo por la ciudad, para conocer su entorno y comprar algunas cosas de primera necesidad para cenar y desayunar al día siguiente.



No paró de dar vueltas en la cama, pues extrañaba la suya de Madrid.  Estaba nerviosa e impaciente porque amaneciera.  Debía madrugar para arreglarse bien y causar buena impresión.  Lo haría despacio, con calma y elegiría bien su atuendo:  ni clásico, ni excesivamente moderno.  No sabía las normas que habría de llevar, pero imaginaba que respecto a la vestimenta debían ser bastante estrictos.  Ella no era ni de minifaldas, ni de ropa ceñida, por lo cual no tendría problemas.

Tuvo que tomar un taxi que la condujera hasta el hospital Derriford, que así se llamaba.  El chófer la indicó que estaba muy cerca, que podía ir andando.  Ella le respondió que no conocía la ciudad y temía perderse.  El chófer sonrió y la comentó

- ¿ Otra enfermera española?  Por aquí hay muchas, y la verdad es que son buenas, y con los pacientes muy cariñosas.  Estamos encantados-sonrió ladeando un poco la cabeza para mirar a Lola.

Preguntó en Recepción y allí la indicaron la planta de gerencia a la que debía dirigirse.  Se presentó ante un señor de mediana edad, muy correcto y educado, que se levantó de su asiento al entrar Lola en la habitación.  Su inglés había mejorado bastante, siempre y cuando la hablasen despacio.  Firmó el contrato y el hombre pulsando un timbre, advirtió a su secretaria que acompañase a Lola hasta el despacho de la enfermera jefe.

- ¡ Hola soy Louise !  Hablé con usted hace dos días
- Encantada .  Yo soy Lola Méndez.

Charlaron durante breves instantes y a continuación la condujo hasta el que sería su control de trabajo.  La presentó a sus compañeras, la entregó el uniforme y desde ese mismo momento comenzó a trabajar.  Ya estaba en Inglaterra.  Aún no se lo creía.

Se desenvolvía perfectamente en su trabajo.  El mayor inconveniente era el idioma, y poco a poco conseguía hacerse entender, tanto con médicos como con pacientes.  Había cumplido su primer mes.  La habían pagado su salario, y al contemplar el montoncito de libras, inmediatamente lo cambió a euros y pudo comprobar que casi era el salario de dos meses en España

- Podré cumplir mis sueños.  Lo primero, en cuanto pueda, un coche pequeño, un mini. Y en vacaciones recorreré la costa.  A tenor de cómo es Playmouth, tiene que ser precioso.

Ponía todo su empreño en hacer bien su trabajo. Era amable y cariñosa con los enfermos, especialmente si eran de edad avanzada.  Les veía como desamparados, y agradecían cualquier palabra amable que se les dirigiese.  En su planta, todos sus compañeros,  estaban muy contentos con ella, pues era servicial y cumplidora al máximo.


- ¿ Puedes hacerme un favor?- le pidió una mañana Mary, su compañera de turno
- ¡ Claro ! Dime
- Tengo que cambiar a Peter que se lo ha hecho todo encima y,  acababa de poner limpia la cama...   Tengo que bajar los análisis al laboratorio...  ¿ Puedes bajármelos tú?
- Claro mujer, ahora mismo. Atiende  a Peter.  Tiene una escara en la espalda y está muy incómodo.  Dame la bandeja

Lola llamo al ascensor y se dirigió a la planta baja,  a Laboratorio. Allí hizo entrega de las muestras y después de que la firmaran la nota de entrega, la dobló, se la puso en un bolsillo y volvió a salir de allí de nuevo hacia el ascensor.

De repente apareció un médico hecho una furia, encarándose con ella.  No le entendía lo que la estaba diciendo.  Hablaba muy deprisa, y por sus gestos supo que estaba de muy mal humor.  Ella, en su mal ingles, trató de decirle que no le entendía, que se calmase, que no sabía porqué estaba tan enfadado con ella, que no le conocía...  Pero no había forma de que aquel hombre se calmase para aclarar lo sucedido.  Estaba nerviosa y a punto de llorar.  Alguien la estaba regañando y no sabía el motivo, ignoraba lo que podía haber hecho mal, para tamaña bronca

 

 
 


De pronto el médico se dio cuenta de que los ojos de Lola estaban acuosos, y levantando una mano en señal de paz, bajo la cabeza, tomó aire, y trató de calmarse y explicarla el motivo de su enfado

- Señorita, lo que más me importa es mi trabajo y mis pacientes. En ese box, tengo a un señor que lleva esperando más de quince minutos a que le cambie su sonda vesical y hasta ahora no ha aparecido para hacerlo. ¿ Cree que no debo estar enfadado?
- Señor, lo siento... Si no me habla despacio no nos vamos a poder entender
- ¿ Spanish?
- Si.,. es decir yes
- Le ruego me disculpe por mis modales, pero es que creo que empieza mal en su trabajo...  Si es en todo así,,, no creo que dure mucho en este hospital

Lola sacó su fibra latina, y creyó que debía de una vez por todas aclararle a aquel energúmeno ciertas cosas...

- Mire señor, no sé lo que duraré en este trabajo.  Creo que poco,  si todos son tan groseros como usted. ¡ Ah !, sepa que no soy de esta planta y vengo del laboratorio. No tenía ni idea de que aquí hubiese nadie. No me corresponde a mi atenderle, pero en algo sí tiene razón:  los pacientes lo primero.  No tengo ningún inconveniente en hacerlo yo, pero que sepa que se ha pasado conmigo.  Ha sido muy injusto
- Pues si sabe hacerlo, déjese de poemas y venga a atenderle. ¿ No es usted enfermera?, pues hágalo de una vez


La tomó fuertemente de un brazo y la condujo hasta la habitación en donde pacientemente un hombre mayor, esperaba que le atendieran.  Lola se dirigió hacia él y acariciándole en una mano, le explicó como pudo,  que sería ella quién le atendiera.  El médico por ayudarla, le tradujo lo que Lola le decía.  Con profesionalidad y presteza, buscó el material que necesitaba después de mirar en su expediente la numeración de la sonda que debía ponerle.  Se colocó unos guantes y un recipiente para depositar la sonda vieja  Con suavidad y lentamente,  la extrajo, y con el mismo cuidado le puso la  nueva, al tiempo que recomendaba al pobre hombre

- Señor, no deje de venir en treinta días.  Es muy importante para evitar infecciones  ¿me comprende?- el hombre dijo si con la cabeza y la sonrió en agradecimiento a su atención y cariño

- Bien ¿ puedo ir a mi puesto de trabajo?
- ¿ De dónde ha salido usted?
- De la cuarta planta, señor...
- McKenzie, doctor Charles McKenzie.  La quiero a usted en mi departamento
- Oh no. Estoy muy bien donde estoy
- Hablaré con dirección. La he visto actuar y la sonrisa que la dirigió el pobre hombre. Así es como se trata a un enfermo. Repito, la quiero aquí, conmigo.- y dando media vuelta se perdió de nuevo por el pasillo ante una puerta que decía . " Quirófano ".

Ya a salvo en el ascensor, se pasó una mano por la frente y respiró aliviada de la tensión que momentos antes había vivido con el médico.  Tomó aire en sus pulmones y después suspiró al llegar a su destino.

Bajó  a la cafetería que utilizaba el personal  médico.  Era la hora del almuerzo y todo estaba lleno.  Miró a un lado y otro del comedor, y al no ver ningún sitio libre, portando su bandeja, se dirigió hacia la salida para en el jardín acomodarse en un banco y comer con tranquilidad.

- Venga, siéntese en mi mesa.  Hay sitio
- Giró la cabeza para comprobar si era dirigida a ella esa frase

Efectivamente, delante de ella con una sonrisa, estaba el doctor McKenzie ofreciéndola un lugar en donde poder comer con tranquilidad

- Es muy amable de su parte, pero no es necesario.  En el jardín estaré bien, gracias
- Insisto, venga conmigo.  Aún no he empezado a comer, y no me gusta hacerlo solo. Por favor, es como compensación a mi metedura de pata de esta mañana

Ella sonrió bajando la cabeza

- De acuerdo, vamos allá

¨
Él galante tomó su bandeja y la condujo hasta su mesa.  Allí. Lola pudo darse cuenta de cómo era el hombre tan agresivo que la había increpado en el pasillo.  Tendría cerca de los cuarenta, de complexión alto y fuerte.  Pelo castaño con reflejos cobrizos y algo rizado.  Sus ojos, como no podía ser de otra manera, eran de un azul increíble.  Suponía que él estaría haciendo lo mismo respecto a ella, en silencio, mientras comía.  Debía tener bastante apetito, por la cantidad de comida que había puesto en su bandeja.  Ella por el contrario, apenas una ensalada, jamón de York y una naranja.

- ¿ Eso es todo lo que come? - la preguntó
- Si ¿ por qué ? No tengo apetito. ¿ Me va a regañar de nuevo?

Ambos rieron recordando la anécdota ocurrida y rompiendo el hielo de violencia de los primeros momentos.

- La debo una disculpa como Dios manda- dijo él
- Y... ¿ cómo manda Dios?- le contestó Lola
- Compruebo que tiene sentido del humor
- Creo que es mejor olvidarlo. Ya me ha pedido disculpas tres veces... Ya es suficiente, olvidémoslo.
- ¿ Tiene guardia el viernes ?
- Que yo sepa no
- Yo tampoco. ¿ Qué tal si cenamos juntos? La invito
-. Pues no sé...Acabamos de conocernos y usted es mi superior.  No creo que sea lo correcto- contestó Lola
- Fuera del hospital somos personas normales que hacemos lo normal que todo el mundo.  De alguna manera he de compensarle el mal rato que le he hecho pasar esta mañana, y además, es mi agradecimiento por el trato que le ha dado a Benjamín.  Es un viejecito entrañable.¿ De acuerdo?

Antes de que Lola respondiera, él afirmó

- Deme su dirección pasaré a las ocho en punto. Esté lista. - dijo esto último ya de pié recogiendo su bandeja y la de Lola-.  Odió que me hagan esperar, así que esté lista a esa hora.  Recuerde el viernes a las ocho

A paso ligero, salió del comedor, sin que ella hubiera podido decir ni una sola palabra, sólo comentó:

- ¡ Pero bueno !...- y rió sin poderse contener. Nunca la había pasado algo semejante.

Por la noche antes de dormirse, repasó mentalmente todo lo ocurrido a lo largo del día, pero se detuvo especialmente en el comedor del hospital, en el rostro de él. Era guapo, sin excesos, de gesto duro, aunque luego en las distancias cortas, resultaba hasta simpático.  Quizá por la impresión recibida en su primer encuentro, el médico la intimidaba, la ponía nerviosa y no se sentía a gusto en su presencia.  En todo momento  tenía presente que era un superior, aunque no su jefe, pero no sabía de qué hablar con él y menos en inglés.  Ni siquiera entendía cómo podían haberse comunicado...

- Decididamente. Iré a una academia para aprender bien.  No puedo estar sin comprender lo que ocurre a mi alrededor.

Se durmió dibujando una ligera sonrisa en su rostro. Ya había vivido toda una aventura.  En todo el tiempo que había estado en prácticas, nunca la había ocurrido algo semejante a lo de esa mañana.



Y llegó el viernes.  Una hora antes de su cita, comenzó a arreglarse sin mucho entusiasmo.  No le gustaba acudir a la cita del médico. La turbaba grandemente, la ponía nerviosa, sobretodo cuando la miraba fijamente queriendo adivinar lo que pensaba.  Sin duda, la desconfianza era motivada por lo infortunado del primer encuentro.  Tan seguro de si mismo, tan acostumbrado a dar órdenes en todo momento, hasta la forma en que la había invitado...  fue un mandato más que una cita.  Iría de muy mala gana.  Por eso no puso demasiado empeño en elegir la indumentaria que llevaría.  Tampoco le conocía y no imaginaba al sitio que la llevaría.  Se decidió: " un vestido negro...  Con este color, siempre se acierta".

Se maquilló con cuidado.  Se dejó el pelo suelto y se perfumó.  Llevaría algo de tacón. Se miró en un espejo y se dio el aprobado. Esperaría a que dieran las ocho y la llegada de McKenzie.

Como un reloj, a la hora en punto, sonó el timbre de la puerta.  Un impecable McKenzie estaba ante ella portando un ramo de rosas blancas.  Llevaba un traje azul marino oscuro, una camisa color celeste y una corbata del mismo color del traje.  Peinado y con un ligero toque de perfume varonil.  Bien afeitado,  mostraba la mejor de las sonrisas, que desapareció de su cara, al abrirle la puerta

- Buenas noches- la dijo a modo de saludo
- Buenas noches.  Ambos hemos sido puntuales-rió Lola- ¿ Son para mi?- le preguntó al ver que él no se las entregaba
- Si, si... claro ¿ Para quién si no ?

Ella pensó que le desagradaba la forma en la que se había vestido.  Lo que menos podía imaginar es que Charles quedara sorprendido por ella

- ¿ Voy bien ?- le preguntó mirándose el vestido- Quizá ¿ demasiado atrevido ?

Su vestido era bastante escotado por delante, sin mangas y con media espalda al descubierto.

- No, no...  Vas perfecta-la respondió él
- Es que ... Si quieres me lo cambio en un minuto
- Nada de eso. Estás muy guapa.  Es que me he quedado sorprendido al verte así-dijo señalando con un brazo la extensión de todo su cuerpo-  Siempre te he visto con el uniforme, el pelo recogido en una coleta, y sin maquillar.  Francamente me has dejado sin habla...
- ¡ Vaya ! me alegro... Estaba preocupada...  No conozco tus gustos, noconozco el ambiente en el que te desenvuelves... No te conozco en absoluto
- Bien, pues habrá que remediarlo ¿ no crees?
- El que me haya vestido a sí, no te obliga a llevarme a un sitio elegante.  Estaría bien una hamburguesería. Se trata de pasar un rato agradable, nada más
- Es un detalle por tu parte, pero créeme, me lo puedo permitir.  Por cierto, tienes un cabello precioso, y hueles muy bien.  Tengo el olor del hospital metido en el alma, así que cuando hay otro  distinto, enseguida me percato. Es un perfume muy agradable. ¿Nos vamos?
- ¡ Claro !

Cerraron la puerta tras de si y se metieron en el elegante coche del médico, rumbo a lo desconocido.  Mentalmente recordó la frase: " créeme, puedo permitírmelo".  Según el coche que llevaba, ya lo creo que se podía permitir ciertos extraordinarios.  Pensó que al ser un reconocido cirujano entre los profesionales, su salario sería alto, por eso podía vivir con lujos, máxime sin tener cargas familiares.  Pero en realidad no sabía nada de él; es probable que estuviera divorciado...  que tuviera hijos...  Decidió dejar de pensar en ello, y prestar más atención a la conversación que el médico había entablado.








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